Cuando pensamos en la antigua Grecia, la imagen de la mujer que nos viene a la cabeza suele ser la de una figura relegada al hogar, dedicada a las labores domésticas, la crianza de los hijos y, por lo general, con una libertad y un protagonismo social muy limitados.
Sin embargo, en el corazón del Peloponeso, en la austera y militarista Esparta, floreció un modelo femenino que rompía con todos los esquemas. Las mujeres espartanas no solo eran diferentes de sus contemporáneas atenienses, sino que su posición, su poder y su modo de vida desafiaban abiertamente las normas y costumbres del resto del mundo heleno, algo que no pasó desapercibido para los autores de la época, que a menudo las criticaban con dureza por su inusual independencia.
Es precisamente esta singularidad la que convierte su estudio en un campo tan fascinante, ya que nos permite entender la complejidad de la sociedad espartana más allá de su famosa disciplina militar. Gracias a la pervivencia de códigos legales y a los textos de autores como Plutarco y Aristóteles, poseemos una cantidad de información sobre ellas que, paradójicamente, supera a la que tenemos sobre las mujeres de otras ciudades, incluida la mismísima Atenas.

Un cuerpo para el Estado: la salud como prioridad
A diferencia de lo que ocurría en otras partes de Grecia, donde la función de la mujer se centraba en las tareas del hogar y la confección de telas, las espartanas estaban exentas de estos menesteres. Dichas labores se delegaban en las sirvientas o en mujeres de menor rango social. ¿Y a qué se dedicaban entonces? A cultivar el cuerpo y la mente. Su educación incluía el aprendizaje de la música, la poesía y, de manera muy destacada, la práctica de ejercicios gimnásticos.
El motivo de esta inusual dedicación no era la simple recreación, sino una política de Estado con un fin muy claro y pragmático: garantizar la salud. La función primordial de la mujer espartana era procrear hijos sanos y fuertes, que pudieran convertirse en los futuros guerreros de la élite espartiata.
Para cumplir con esta misión vital, su alimentación era tan completa como la de los muchachos y participaban en entrenamientos físicos regulares. Esta disciplina les proporcionaba no solo una excelente forma física, sino también una libertad y un estilo de vida que asombraba y escandalizaba al resto de los griegos, como bien documentó Plutarco en su obra Vida de Licurgo.
La mezcla de sexos durante los ejercicios y la vestimenta más ligera de las mujeres eran, para muchos, signos de una moral relajada, pero para los espartanos eran simplemente los medios necesarios para un fin superior: la perpetuación de su sociedad.

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El matrimonio: rituales y roles sorprendentemente libres
En Esparta, el matrimonio no era solo una unión entre dos personas, sino una obligación cívica fundamental para la pervivencia del Estado. La procreación era una necesidad imperiosa y, por ello, se promovía de manera activa.
Sin embargo, los ritos nupciales espartanos eran, para los ojos de otros griegos, una excentricidad. En lugar de las elaboradas ceremonias de otras polis, el matrimonio espartano se basaba en un ritual de captura o rapto simbólico de la novia.
A la futura esposa, tras ser «capturada», se le afeitaba la cabeza y se la vestía con ropas de hombre para yacer en la oscuridad. El marido, que debía unirse a la novia a escondidas y en secreto, debía regresar a su cuartel para continuar con su vida comunitaria. Este ritual, recogido por autores como Ateneo, subraya la primacía del servicio al Estado por encima del vínculo conyugal.
Esta peculiar forma de matrimonio, sumada a las largas ausencias del marido debido a sus deberes militares, tenía un impacto directo en el rol de la mujer. La vida familiar en el sentido tradicional tenía una importancia mínima. Esto no era un problema, sino un factor que, paradójicamente, otorgaba a la mujer una gran autonomía. Al ser la responsable de la administración del hogar y de los bienes económicos de la familia, su autoridad y libertad de acción se consolidaban.
Aristóteles, en su obra Política, se quejaba de este hecho, pero lo cierto es que la mujer espartana no solo manejaba la economía doméstica, sino que gozaba de un estatus de independencia y un control sobre sus propiedades que la convertían en una figura central en la vida pública y privada.

La gran ausente y la gran señora: autonomía y administración del oikos
Ya hemos visto cómo el riguroso sistema de vida espartano, que obligaba a los hombres a vivir en comunidad y a dedicar la mayor parte de su tiempo a los asuntos militares y de Estado, creaba una situación paradójica: la gran ausente en el hogar familiar era la figura masculina. Esta ausencia constante, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en la base del poder femenino. La mujer espartana no solo se encargaba de las cuestiones domésticas en un sentido amplio, sino que se transformó en la gran señora y administradora de su oikos (la unidad familiar y sus bienes).
Este papel de gestora no se limitaba a la economía doméstica cotidiana. La espartana era la principal responsable de la propiedad, tomando decisiones sobre la administración de las tierras y el uso de los esclavos (ilotas) que las trabajaban.
Mientras su marido estaba en las sisitías o en el campo de batalla, era ella quien se aseguraba de que la hacienda familiar prosperase, gestionando las dotes, las herencias y el patrimonio en general. Este control sobre los recursos económicos no solo le otorgaba un poder incuestionable en el ámbito privado, sino que también la proyectaba a una esfera de influencia pública poco común en el resto de Grecia.
Este fenómeno, que tan bien documenta Aristóteles, muestra cómo la rigidez del Estado espartano, al demandar la dedicación absoluta del hombre, empoderó de forma indirecta a la mujer en la gestión de la vida civil y económica.

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La riqueza de las espartanas: dueñas de la tierra
La autonomía que tenían las mujeres espartanas en la gestión económica de sus hogares no se limitaba a la administración diaria. A medida que Esparta evolucionaba tras la guerra del Peloponeso, su poder económico se consolidó de una manera asombrosa y sin precedentes en la antigua Grecia. A diferencia de las leyes de otras polis, las de Esparta permitían que las mujeres poseyeran tierras. Y no solo las poseían, sino que se convirtieron en grandes terratenientes.
Mediante la dote y, sobre todo, la herencia, las mujeres espartanas acumularon una enorme cantidad de propiedades. Para el siglo IV a. C., los historiadores estiman que las mujeres controlaban hasta dos quintas partes de la tierra cultivable en el Estado espartano, lo que las convertía en un pilar fundamental de la economía. Este control sobre los recursos las dotó de una influencia política y social inmensa.
De hecho, autores como Aristóteles atribuyen a la creciente riqueza y al lujo de las mujeres la supuesta decadencia de Esparta. Si bien esta crítica puede ser sesgada, lo cierto es que refleja una realidad innegable: las espartanas se adaptaron al cambio y rechazaron los intentos de regresar a la austeridad. Así lo demuestra el fracaso de los reyes reformistas como Agis, que en el siglo III a. C. intentó, sin éxito, restablecer la disciplina y las leyes de Licurgo, encontrándose con la férrea oposición de las mujeres, que no estaban dispuestas a renunciar a su posición de poder.
- Fernández Uriel, P. (2014). Historia antigua universal II. El mundo griego. Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).
- Plutarco. (2023). Vidas paralelas I. Teseo – Rómulo – Licurgo – Numa. (A. Pérez Jiménez, redactor, colaborador, traductor). Biblioteca Clásica Gredos.
- Ateneo. (2016). Banquete de los eruditos. (L. Rodríguez & N. Guillén, traductores; C. García Gual, colaborador). Biblioteca Clásica Gredos.
- Aristóteles. (2015). Política (C. García Gual & A. Pérez Jiménez, Trad.). Alianza Editorial.
- Cicerón. (2010). Tusculanas (A. López Fonseca, traductor). Alianza Editorial.
R. Fernández, J. La posición de la mujer en la sociedad espartana. (2025, 2 de septiembre). MuchaHistoria. https://muchahistoria.com/esparta-mujer/ | Última actualización: 2025, 2 de septiembre.