La «Odisea» explicada: resumen sencillo y completo de la obra de Homero

La Odisea no es simplemente un poema antiguo; constituye una de las piedras angulares de la cultura occidental y es la mina inagotable de la que han bebido escritores y artistas durante siglos. Compuesta probablemente a finales del siglo VIII a. C. y atribuida al patriarca Homero, esta obra marca, junto con la Ilíada, el nacimiento de la tradición literaria europea.

Históricamente, estas epopeyas fueron consideradas en la Antigüedad como relatos históricos reales y funcionaron como una especie de «enciclopedia» o «biblia» panhelénica que servía de fundamento para la educación escolar y los festivales públicos.

A diferencia de la épica guerrera tradicional, la Odisea representa una renovación temática fundamental: deja de centrarse en las batallas heroicas para derivar hacia la narración de viajes y aventuras, preludiando así la novela moderna.

Su protagonista, Odiseo (o Ulises en su forma latina), se ha consolidado como un símbolo universal del viajero esforzado y errante, influyendo en una lista interminable de autores que abarca desde Virgilio y Dante hasta James Joyce y Jorge Luis Borges.

Aunque desde el periodo helenístico se ha debatido si ambas obras homéricas pertenecen a un mismo autor (la llamada «cuestión homérica»), lo cierto es que la Odisea posee una fina integración narrativa y una modernidad espiritual que la mantienen como un pilar fundamental e inamovible de las letras universales

¿DE QUÉ VA LA ODISEA?

La Odisea narra el accidentado regreso de Odiseo, héroe de la guerra de Troya, a su patria en Ítaca, un viaje que se prolonga durante diez años debido a la persecución del dios Poseidón.

Mientras su hijo Telémaco viaja en su busca y su fiel esposa Penélope resiste el acoso de los pretendientes que devoran su hacienda, el héroe sobrevive a escenarios fabulosos enfrentándose a seres como el cíclope Polifemo, la maga Circe y las cautivadoras sirenas.

Gracias a su legendaria astucia y la protección de la diosa Atenea, Odiseo logra llegar a su isla disfrazado de mendigo, donde, tras superar la prueba del arco, ejecuta una feroz matanza contra quienes invadieron su hogar.

Canto I: el concilio de los dioses y la visita de Atenea a Ítaca

La historia comienza con una petición a la Musa para que narre las aventuras de un hombre muy astuto que, tras destruir la ciudad de Troya, anduvo errante por mucho tiempo conociendo diversas tierras y sufriendo muchas penas en el mar. Mientras que casi todos los héroes que sobrevivieron a la guerra ya han regresado a sus hogares, este hombre, Odiseo, sigue retenido contra su voluntad por la ninfa Calipso en una isla lejana, porque ella desea que sea su esposo.

Mientras tanto, en el Olimpo, los dioses aprovechan que el dios Poseidón (quien odia a Odiseo por haber cegado a su hijo, el cíclope Polifemo) se ha ido a un banquete con los etíopes para discutir el regreso del héroe a su patria, Ítaca. La diosa Atenea, que siente una gran compasión por Odiseo, le pide a su padre Zeus que intervenga. Zeus acepta y deciden enviar al dios Hermes para ordenar a Calipso que deje libre al héroe.

Atenea decide viajar a Ítaca para animar a Telémaco, el hijo de Odiseo. Allí se disfraza de un forastero llamado Mentes y encuentra una situación desastrosa: el palacio está lleno de pretendientes arrogantes que malgastan las riquezas de Odiseo mientras intentan obligar a la reina Penélope a casarse con uno de ellos.

Telémaco recibe al «forastero» con hospitalidad y le confiesa su tristeza, pues cree que su padre ha muerto. Atenea, en su disfraz, le asegura que su padre sigue vivo y le da un consejo vital: debe convocar a una asamblea para denunciar a los pretendientes y luego viajar a Pilos y Esparta para buscar noticias sobre Odiseo.

Tras la partida de la diosa, Telémaco siente una nueva fuerza en su interior y se enfrenta por primera vez a los pretendientes, ordenándoles que abandonen su casa. El canto termina con el joven retirándose a dormir, pensando en el viaje que cambiará su vida.

Telémaco conversa con Telmes
Telémaco conversa con Telmes (quien en realidad es Atenea).

Canto II: la asamblea de los itacenses y la partida de Telémaco

Al despuntar el alba, Telémaco se levanta, se viste y ordena a los heraldos convocar al pueblo de Ítaca a una asamblea en la plaza (ágora). Ayudado por la gracia divina que le otorga Atenea, el joven se presenta ante la multitud con una apariencia impresionante, sentándose en el trono de su padre mientras los ancianos le ceden el lugar.

Un anciano llamado Egiptio abre la sesión preguntando quién ha convocado al pueblo, algo que no ocurría desde que Odiseo partió a Troya. Telémaco toma la palabra y explica con dolor que el motivo no es una noticia del ejército, sino su propia desgracia: su padre ha muerto y su casa está siendo devastada por los pretendientes, quienes malgastan sus riquezas y acosan a su madre, Penélope, para que elija a uno de ellos.

El pretendiente Antínoo responde culpando a Penélope. Revela que ella los ha engañado durante tres años con el truco de la tela: prometió elegir marido cuando terminara de tejer un sudario para el anciano Laertes, pero de noche deshacía lo que tejía de día. Antínoo exige que Telémaco envíe a su madre de vuelta a casa de su abuelo para que este la entregue en matrimonio. Telémaco se niega rotundamente a expulsar a su madre y pide a los dioses que castiguen a los pretendientes.

En ese momento, Zeus envía una señal: dos águilas que vuelan sobre la asamblea y se atacan mutuamente. El adivino Haliterses interpreta el prodigio como el inminente regreso de Odiseo y la matanza de los pretendientes, pero estos se burlan de la profecía. Telémaco, viendo que no logrará nada, solicita entonces una nave y veinte compañeros para viajar a Pilos y Esparta en busca de noticias sobre su padre.

Aunque un amigo de Odiseo llamado Méntor intenta defender la causa de Telémaco criticando la pasividad del pueblo, la asamblea se disuelve sin que se tome ninguna medida oficial contra los pretendientes.

Telémaco se retira a la orilla del mar y reza a Atenea, quien se le aparece disfrazada de Méntor. La diosa le infunde valor, asegurándole que su viaje no será en vano, y se compromete a conseguirle la nave y los voluntarios necesarios. Mientras tanto, Telémaco regresa al palacio y pide a su fiel nodriza, Euriclea, que prepare provisiones de vino y harina en secreto, pidiéndole que no le diga nada a su madre hasta pasados unos días.

Finalmente, Atenea (disfrazada de Telémaco) recorre la ciudad reuniendo a los compañeros y toma prestada una nave de un hombre llamado Noemón. Tras sumir a los pretendientes en un sueño profundo en el palacio, la diosa guía a Telémaco y sus hombres hacia el puerto. Todos suben a bordo y zarpan aprovechando un viento favorable enviado por la propia Atenea.

Telémaco y las dos águilas
Dos águilas pelean en el cielo, un vaticinio del destino de los pretendientes.

Canto III: Telémaco en Pilos y el relato del sabio rey Néstor

Al amanecer, la nave de Telémaco llega a las costas de Pilos. Allí encuentran al rey Néstor y a todo su pueblo realizando un gran sacrificio de toros negros en honor al dios Poseidón en la orilla del mar. La diosa Atenea, que sigue disfrazada de Méntor, anima al joven Telémaco a dejar atrás su timidez y hablar directamente con el anciano rey para indagar sobre el destino de su padre, Odiseo.

Son recibidos con gran hospitalidad por Pisístrato, hijo de Néstor, quien los invita a participar en el banquete sagrado. Tras la comida, Néstor les pregunta quiénes son, y Telémaco revela con valentía su identidad y el doloroso propósito de su viaje: buscar noticias sobre el paradero de su padre ausente desde hace veinte años.

Néstor comienza un largo relato sobre los sufrimientos vividos en la guerra de Troya, recordando a los valientes caudillos que allí murieron. Explica que, tras la victoria, surgió una fuerte disputa entre los hermanos Agamenón y Menelao sobre cómo debían regresar a sus hogares.

El rey cuenta que la última vez que vio a Odiseo fue cuando este decidió dar la vuelta con sus barcos para intentar reconciliarse con Agamenón, mientras que Néstor y otros continuaron su navegación de regreso. Por lo tanto, Néstor no sabe si Odiseo sigue vivo, aunque sí relata el trágico final de Agamenón, asesinado por Egisto, y la posterior venganza de su hijo Orestes.

Néstor elogia la sensatez de Telémaco, notando que habla con una justicia impropia de alguien tan joven, y le aconseja que no se rinda. Le sugiere que visite al rey Menelao en Esparta, pues él fue el último de los héroes en volver de sus viajes y podría tener noticias más frescas sobre Odiseo. Al final del día, ocurre un prodigio asombroso: Atenea se transforma en águila y vuela ante los ojos de todos, revelando a Néstor que el joven príncipe cuenta con la protección directa de los dioses.

A la mañana siguiente, tras realizar un sacrificio solemne a Atenea para agradecer su presencia, Telémaco parte hacia Esparta en un carro tirado por veloces caballos proporcionado por Néstor, acompañado por el joven Pisístrato como guía.

El sacrificio de los toros negros
Telémaco observa el sacrificio de los toros.

Canto IV: Telémaco en la brillante Esparta y el relato de Menelao

Telémaco y Pisístrato llegan a la montañosa Esparta, donde encuentran al rey Menelao celebrando un banquete por las bodas de su hijo y su hija. Fiel a las leyes de la hospitalidad, Menelao los recibe con grandes honores en su lujoso palacio, que brilla como el sol o la luna por el oro y la plata que lo decoran.

Durante la cena, Menelao comienza a recordar con nostalgia sus viajes y a los compañeros que perdió en Troya. Menciona especialmente a Odiseo, diciendo que nadie se esforzó tanto como él y que su ausencia le causa una angustia inolvidable. Al oír esto, Telémaco se tapa la cara con su manto purpúreo para ocultar sus lágrimas. La bella Helena entra en la sala y nota de inmediato el increíble parecido del joven con Odiseo, reconociendo que debe ser su hijo.

Para aliviar la tristeza de los presentes, Helena vierte en el vino una droga mágica que trajo de Egipto, capaz de borrar el dolor y la amargura. Luego, cuenta una historia de cómo Odiseo entró disfrazado de mendigo en Troya para espiar, y Menelao relata la valentía de Odiseo dentro del Caballo de Madera, donde mantuvo a todos en silencio cuando ella intentó engañarlos.

Al día siguiente, Menelao le cuenta a Telémaco su propia aventura en Egipto. Explica que se quedó varado en la isla de Faro y que, ayudado por la diosa Idotea, logró atrapar a Proteo, el sabio «Viejo del Mar» que puede cambiar de forma. Proteo le reveló el destino de otros héroes: le contó que Agamenón fue asesinado a traición y que Odiseo está vivo, pero retenido contra su voluntad en la isla de la ninfa Calipso.

Mientras tanto, en Ítaca, la historia cambia de escenario. Los pretendientes descubren con furia que Telémaco ha logrado partir en busca de su padre y, liderados por Antínoo, planean una emboscada para asesinarlo en el mar cuando regrese.

La reina Penélope se entera de la partida de su hijo y del complot para matarlo, lo que la deja sumida en una pena profunda. Sin embargo, la diosa Atenea, para tranquilizarla, envía un fantasma con la figura de su hermana Iftima durante un sueño, quien le asegura que Telémaco cuenta con la protección divina y que volverá a salvo.

Telémaco llora en el banquete.
Telémaco llora en el banquete.

Canto V: Odiseo sale de la isla de Calipso y llega a Esqueria

La historia se traslada por fin al protagonista. Los dioses se reúnen nuevamente en asamblea en el Olimpo, donde Atenea expresa su preocupación porque Odiseo sigue retenido en la isla de la ninfa Calipso, sufriendo grandes penas y sin medios para volver a casa. Zeus decide que es momento de que el héroe regrese y envía a Hermes, el dios mensajero, a la isla de Ogigia para comunicarle a la ninfa su decisión inevitable.

Hermes llega a la hermosa isla y encuentra a Calipso cantando y tejiendo en su cueva, pero no halla a Odiseo allí, pues él pasa sus días sentado a la orilla del mar, llorando y añorando su hogar. Tras recibir el mensaje de Zeus, Calipso se indigna, quejándose de que los dioses son envidiosos cuando una diosa ama a un mortal, pero finalmente acepta dejarlo ir por temor a la cólera de Zeus.

Calipso ayuda a Odiseo dándole herramientas y guiándolo a un lugar con árboles altos. Con gran destreza, el héroe corta veinte árboles y construye una almadía o balsa en solo cuatro días. Al quinto día, zarpa con provisiones y un viento favorable enviado por la ninfa.

Tras navegar diecisiete días, Odiseo divisa las montañas de la tierra de los feacios. Sin embargo, el dios Poseidón lo descubre y, enfurecido, desata una tormenta monstruosa que destroza la balsa del héroe. En medio del peligro, la diosa marina Ino (Leucótea) se compadece de él y le entrega un velo mágico que le permite flotar y sobrevivir al oleaje, ordenándole que nade hacia la costa feacia.

Después de dos días y dos noches a la deriva, y con la ayuda de Atenea, que calma los vientos, Odiseo logra encontrar la desembocadura de un río donde la corriente es suave. Exhausto y con el cuerpo hinchado por el salitre, llega a tierra firme, devuelve el velo al mar como le indicó Ino y busca refugio bajo un espeso matorral de olivos para protegerse del frío y las fieras. Allí, Atenea derrama sobre él un sueño profundo para que descanse de su fatiga.

Ino ayuda a Odiseo en el mar
Ino ayuda a Odiseo en el mar.

Canto VI: Odiseo y Nausícaa

Mientras Odiseo descansaba profundamente tras su naufragio, la diosa Atenea se dirigió a la ciudad de los feacios para preparar su regreso. La diosa entró en el sueño de la princesa Nausícaa, hija del rey Alcínoo, disfrazada de una de sus amigas. En el sueño, Atenea le aconsejó que fuera al río a lavar sus hermosos vestidos, diciéndole que su matrimonio estaba cerca y que debía estar preparada.

Al despertar, Nausícaa pidió a su padre un carro y mulas para cumplir con la tarea, y el rey accedió de buen grado. La princesa, acompañada por sus esclavas, llegó a las hermosas orillas del río, donde lavaron la ropa y, después de comer, se pusieron a jugar a la pelota mientras esperaban a que las prendas se secaran al sol.

Atenea intervino nuevamente haciendo que una pelota lanzada por la princesa cayera en un remolino de agua, lo que provocó un grito colectivo de las muchachas. El ruido despertó a Odiseo, quien, desnudo y cubierto solo por una rama, salió de entre los arbustos como un león montaraz. Al verlo tan desfigurado por el salitre, todas las criadas huyeron asustadas, excepto Nausícaa, a quien Atenea infundió valor.

Odiseo, mostrando su gran astucia y elocuencia, no se abrazó a sus rodillas por temor a ofenderla, sino que le dirigió palabras muy dulces y halagadoras, comparándola con una diosa por su belleza y pidiéndole compasión y algo de ropa para cubrirse. Nausícaa, demostrando ser sensata y hospitalaria, le explicó que estaba en la tierra de los feacios y ordenó a sus criadas que le dieran comida, bebida y mantos.

Después de que Odiseo se bañara y se ungiera con aceite, Atenea derramó sobre él una gracia divina, haciéndolo parecer más alto, robusto y hermoso ante los ojos de la princesa. Nausícaa quedó tan impresionada que llegó a desear un esposo como aquel forastero. Finalmente, para evitar las murmuraciones del pueblo, Nausícaa le dio instrucciones precisas sobre cómo llegar a la ciudad y le aconsejó que, al entrar en el palacio, buscara primero a su madre, la reina Arete, para obtener su favor y asegurar su regreso a casa.

Odiseo y su encuentro con Nausícaa
Odiseo y su encuentro con Nausícaa.

Canto VII: Odiseo en el palacio de Alcínoo

Mientras la princesa Nausícaa regresaba a la ciudad, Odiseo se puso en marcha, protegido por la diosa Atenea, quien lo envolvió en una niebla espesa para que ningún habitante lo molestara o le hiciera preguntas difíciles. Al entrar en la ciudad, la diosa se le apareció disfrazada de una niña que llevaba un cántaro y se ofreció a guiarlo hasta el palacio del rey Alcínoo. Atenea le advirtió que los feacios no siempre eran amables con los extranjeros, por lo que debía caminar en silencio y con cautela.

Al llegar, Odiseo quedó maravillado por la majestuosidad del palacio, que brillaba como el sol o la luna, con muros de bronce, puertas de oro y figuras de perros de oro y plata que parecían vivos. Fuera de la mansión, contempló un huerto prodigioso donde los árboles daban frutos durante todo el año, sin importar que fuera invierno o verano.

Odiseo entró en la gran sala y, siguiendo el consejo de Nausícaa, buscó directamente a la reina Arete, abrazándose a sus rodillas para pedirle ayuda. En ese momento, la niebla mágica desapareció y todos en el salón quedaron asombrados al verlo allí de repente. Con humildad, el héroe pidió que le permitieran regresar pronto a su patria, tras lo cual se sentó junto al fuego sobre las cenizas.

El rey Alcínoo, mostrando su gran hospitalidad, lo levantó del suelo y lo sentó en una silla de honor, ordenando a sus siervos que le sirvieran comida y vino. El rey prometió que al día siguiente reuniría a los ancianos para organizar el viaje de regreso del forastero a su hogar.

La reina Arete, al observar la ropa de Odiseo, reconoció que eran vestidos que ella misma había tejido con sus criadas y le preguntó quién era y cómo los había conseguido. Odiseo, con su habitual prudencia, relató su larga estancia en la isla de la ninfa Calipso, su naufragio causado por un rayo de Zeus y cómo la princesa Nausícaa lo había encontrado y ayudado en la playa.

Impresionado por la sensatez y el relato del héroe, Alcínoo llegó a decir que le encantaría tener a un hombre como él por yerno, pero le aseguró que, si prefería marcharse, nadie lo retendría contra su voluntad y que sus barcos lo llevarían a salvo a su tierra. El canto termina con Odiseo retirándose a descansar en un cómodo lecho bajo el pórtico, finalmente en paz.

Odiseo postrado ante los reyes
Odiseo postrado ante los reyes.

Canto VIII: Odiseo agasajado por los feacios

Al amanecer, el rey Alcínoo y Odiseo se dirigen al ágora o plaza de la ciudad. La diosa Atenea, disfrazada de heraldo real, recorre las calles invitando a los ciudadanos a conocer al forastero que se parece a los inmortales. Una vez reunidos, el rey propone preparar una nave con cincuenta y dos jóvenes remeros para llevar al huésped a su patria.

Tras dejar lista la embarcación, regresan al palacio para celebrar un gran banquete. Allí aparece el aedo ciego Demódoco, a quien la Musa dio el don del canto a cambio de la vista. Cuando el músico comienza a cantar las hazañas de la guerra de Troya, específicamente la disputa entre Odiseo y Aquiles, el héroe se cubre la cabeza con su manto purpúreo para ocultar sus lágrimas, pues el relato le causa un gran dolor. Solo el rey Alcínoo nota su tristeza y decide interrumpir la música para dar paso a unos juegos atléticos.

En la plaza, los jóvenes feacios compiten en carreras, lucha, saltos y lanzamiento de disco. Laodamante, hijo del rey, invita a Odiseo a participar, pero este declina por estar abrumado de penas. Entonces, un joven llamado Euríalo insulta a Odiseo, diciéndole que no parece un atleta, sino un mercader preocupado por sus ganancias. Ofendido, Odiseo responde con sabiduría sobre cómo los dioses reparten la belleza y la inteligencia de forma distinta, y para demostrar su valor, lanza un disco pesadísimo mucho más lejos que cualquier joven feacio.

Para calmar los ánimos, Alcínoo organiza una exhibición de danza y el aedo canta una historia divertida sobre los amores de Ares y Afrodita y la trampa que les tendió el dios Hefesto. Odiseo queda maravillado con la destreza de los bailarines. Posteriormente, los reyes feacios entregan a Odiseo valiosos regalos de oro y vestiduras, y Euríalo se disculpa regalándole una espada de bronce con empuñadura de plata.

Al caer la noche, durante una nueva cena, Odiseo le ofrece un trozo de carne al aedo en señal de respeto y le pide que cante la historia del Caballo de Madera que él mismo ideó para conquistar Troya. Al escuchar de nuevo sus propias hazañas y el sufrimiento de la guerra, Odiseo rompe a llorar amargamente. Alcínoo detiene nuevamente el canto y, ante la curiosidad de todos, le pide al héroe que revele por fin su nombre, su patria y el motivo de su llanto.

Odiseo llora en el palacio de Alcínoo
Odiseo llora en el palacio de Alcínoo.

Canto IX: el relato de Odiseo (los cícones, los lotófagos y el cíclope)

Ante la curiosidad de los feacios, el héroe revela finalmente su identidad: «soy Odiseo, el hijo de Laertes», cuya fama por sus astucias llega hasta el cielo. Comienza entonces a narrar su accidentado viaje de regreso desde que partió de la arrasada Troya.

Los cícones y los lotófagos

Su primera parada fue en Ismaro, tierra de los cícones. Aunque Odiseo y sus hombres saquearon la ciudad, su tripulación se negó a marcharse rápido a pesar de sus órdenes; los cícones recibieron refuerzos y atacaron, matando a seis hombres de cada una de sus doce naves antes de que pudieran escapar.

Tras una fuerte tormenta, llegaron al país de los lotófagos. Allí, algunos de sus marineros probaron el loto, una planta mágica que hacía que quien la comiera olvidara su patria y solo deseara quedarse allí para siempre. Odiseo tuvo que llevarlos de vuelta a los barcos a la fuerza y atarlos bajo los bancos para poder continuar el viaje.

El enfrentamiento con el cíclope Polifemo

La aventura más famosa de este canto es el encuentro con los cíclopes, gigantes salvajes que no tienen leyes ni cultivan la tierra. Odiseo decidió explorar la cueva del gigante Polifemo, hijo de Poseidón, junto con doce de sus mejores hombres. Al regresar a su cueva con su ganado, el gigante los atrapó, cerró la entrada con una piedra enorme que ningún humano podía mover y, mostrando una crueldad brutal, devoró a varios compañeros de Odiseo.

Para escapar, Odiseo ideó un plan astuto: ofreció al cíclope un vino muy fuerte y puro que traía consigo. Cuando el gigante, borracho, le preguntó su nombre, Odiseo respondió: «mi nombre es Nadie». Una vez que Polifemo se durmió, Odiseo y sus hombres tomaron una estaca de olivo afilada, la calentaron al fuego y cegaron al gigante hincándosela en su único ojo.

Polifemo gritó pidiendo ayuda a otros cíclopes, pero cuando estos le preguntaron quién lo estaba matando, él respondió: «nadie me mata». Pensando que era un mal enviado por los dioses y que nadie lo atacaba realmente, los otros cíclopes se marcharon. Al amanecer, los hombres escaparon de la cueva atándose bajo el vientre de los carneros, de modo que el gigante ciego, al palpar el lomo de los animales para asegurarse de que nadie salía, no pudo detectarlos.

Sin embargo, al estar ya a salvo en su barco, el orgullo de Odiseo le hizo cometer un error: gritó su verdadero nombre al gigante para burlarse de él. Polifemo, enfurecido, le pidió a su padre Poseidón que Odiseo nunca llegara a su casa o que, si lo lograba, fuera tarde, mal y tras perder a todos sus compañeros.

Odiseo ofrece vino a Polifemo
Odiseo ofrece vino a Polifemo.

Canto X: la isla de Eolo, los lestrigones y la maga Circe

Odiseo continúa su relato contando cómo llegaron a la isla flotante de Eolia, donde habitaba Eolo, el señor de los vientos, con su familia en un palacio lleno de banquetes. El dios los hospedó amablemente durante un mes y, al partir, le entregó a Odiseo un odre de piel de buey donde había encerrado todos los vientos tempestuosos, dejando libre solo al Céfiro para que los guiara suavemente hacia su patria.

Durante nueve días navegaron con éxito y ya estaban tan cerca de Ítaca que podían ver a la gente encendiendo hogueras en la costa, pero Odiseo, agotado, se quedó dormido. Sus compañeros, pensando que el odre contenía oro y plata, lo abrieron por envidia, liberando los vientos y provocando una tempestad que los arrastró de vuelta a Eolia. Esta vez, Eolo los expulsó con dureza, convencido de que Odiseo era un hombre odiado por los dioses.

Tras seis días de navegación penosa, llegaron a Telépilo, la tierra de los lestrigones. Al enviar exploradores, estos descubrieron que la isla estaba habitada por gigantes caníbales que atacaron la flota lanzando rocas enormes desde los acantilados. Los monstruos destruyeron once de las doce naves y ensartaron a los hombres como a peces para comérselos; solo la nave de Odiseo logró escapar del puerto y salvarse de la matanza.

Con el corazón destrozado, llegaron a la isla de Eea, hogar de la hechicera Circe. Odiseo dividió a sus hombres en dos grupos y envió a uno, liderado por Euríloco, a explorar la mansión que divisaron en el bosque. Circe recibió a los hombres con hospitalidad, pero mezcló una droga en su comida que les hizo olvidar su patria y, tocándolos con su varita, los transformó en cerdos y los encerró en pocilgas. Euríloco, que sospechó de la trampa y se quedó fuera, regresó corriendo al barco para avisar a Odiseo.

Odiseo decidió ir solo a rescatar a sus amigos y, en el camino, se le apareció el dios Hermes. El dios le entregó una planta mágica llamada «Moly», que le protegería de los hechizos, y le dio instrucciones precisas sobre cómo someter a la maga desenvainando su espada cuando ella intentara usar su varita.

Odiseo siguió los consejos, la magia de Circe no le afectó y ella, asustada, reconoció quién era él y le pidió compartir su lecho. Odiseo solo aceptó después de que ella jurara no hacerle daño y devolviera a sus compañeros su forma humana.

Los navegantes se quedaron en la isla de Circe durante un año entero, disfrutando de abundantes banquetes. Cuando finalmente decidieron partir, Circe le advirtió a Odiseo que no podían volver a casa directamente; antes debía viajar a la mansión de Hades para consultar el alma del adivino ciego Tiresias sobre su futuro.

Antes de la partida, el joven Elpénor, que estaba ebrio durmiendo en el techo, cayó al suelo y murió al romperse el cuello. Con tristeza, la tripulación se embarcó siguiendo las indicaciones de la maga para cruzar el océano hacia el mundo de los muertos.

Odiseo se enfrenta a Circe
Odiseo se enfrenta a Circe.

Canto XI: el descenso al Hades y la consulta a Tiresias

Siguiendo las instrucciones de Circe, Odiseo y sus hombres navegan hasta los confines del océano, a la tierra de los cimerios, un lugar perpetuamente envuelto en nieblas y nubes donde nunca brilla el sol. Al llegar, Odiseo realiza un sacrificio ritual cavando una fosa y vertiendo leche, miel, vino, agua y la sangre de dos ovejas negras para atraer a las almas de los difuntos.

Las almas de los muertos acuden en tropel con un clamor inmenso, lo que llena a Odiseo de terror. La primera sombra en aparecer es la de su compañero Elpénor, quien le ruega que, al regresar a la isla de Circe, le dé una sepultura adecuada para que su alma pueda descansar.

Finalmente, aparece el alma del adivino ciego Tiresias. Tras beber la sangre del sacrificio, Tiresias le revela su futuro: le advierte sobre el rencor de Poseidón y le da una instrucción crucial: no deben tocar las Vacas del Sol (Helios) en la isla de Trinacia. Si lo hacen, su nave y sus hombres serán destruidos, y Odiseo llegará a Ítaca tarde, solo y en una nave ajena, encontrando su casa llena de pretendientes a los que deberá castigar.

Odiseo también habla con el alma de su madre, Anticlea, de quien no sabía que había muerto. Ella le informa que Penélope sigue esperándole fielmente, que Telémaco ya es un hombre y que su padre, Laertes, vive retirado en el campo consumido por la tristeza. Anticlea confiesa que ella misma murió de pena y nostalgia por su ausencia.

En el Hades, Odiseo contempla un desfile de sombras ilustres:

  • Agamenón, quien le cuenta cómo fue asesinado por su esposa Clitemnestra y le advierte que nunca confíe plenamente en las mujeres.
  • Aquiles, quien le confiesa que preferiría ser el siervo de un hombre pobre en la tierra que reinar sobre todos los muertos.
  • Ayante, quien se mantiene alejado y en silencio, todavía furioso con Odiseo por la disputa de las armas de Aquiles.

Odiseo presencia también los castigos de figuras legendarias como Tántalo, que sufre hambre y sed eternas, y Sísifo, condenado a empujar una roca cuesta arriba por siempre. Finalmente, ante el temor de que la cabeza de la Gorgona se le apareciera, Odiseo regresa a su nave y zarpa rápidamente de regreso a la isla de Circe.

Odiseo y el fantasma de Tiresias
Odiseo y el fantasma de Tiresias.

Canto XII: las sirenas, Escila, Caribdis y las Vacas del Sol

Tras regresar del Hades a la isla de Eea, Odiseo y sus hombres cumplen su promesa de enterrar el cadáver de Elpénor. Antes de su partida definitiva, la maga Circe advierte a Odiseo sobre los peligros inminentes que encontrará en el mar y le proporciona instrucciones precisas para sobrevivir a ellos.

El primer peligro son las sirenas, cuyo canto hechiza a los hombres para que olviden su hogar y mueran en su pradera. Siguiendo el consejo de Circe, Odiseo tapa los oídos de sus compañeros con cera melosa y ordena que lo aten fuertemente al mástil de la nave, prohibiéndoles soltarlo por mucho que él lo suplique. Gracias a esto, Odiseo es el único mortal que escucha el canto de las sirenas y logra pasar de largo sin perecer.

Posteriormente, deben atravesar el estrecho paso entre dos monstruos: Escila, una fiera de seis cabezas que arrebata hombres de las naves, y Caribdis, un torbellino divino que sorbe y vomita el agua del mar tres veces al día. Odiseo decide navegar cerca de Escila para evitar que Caribdis hunda el barco entero; como consecuencia, el monstruo devora a seis de sus mejores hombres ante la mirada impotente del héroe.

Finalmente, llegan a la isla de Trinacia, donde pacen las vacas sagradas de Helios. Aunque Odiseo advierte a su tripulación que no toquen al ganado bajo ninguna circunstancia, un viento contrario los retiene un mes y agota sus provisiones. Mientras Odiseo duerme, Euríloco convence a los hombres de sacrificar las mejores vacas para no morir de hambre.

Al enterarse, Helios exige justicia y Zeus promete castigarlos. En cuanto la nave zarpa de nuevo, Zeus desata una tempestad y lanza un rayo fulminante que hace trizas el barco. Todos los compañeros de Odiseo mueren ahogados, cumpliéndose la maldición del Cíclope.

Odiseo, el único superviviente, sobrevive atando el mástil y la quilla, siendo arrastrado de nuevo hacia Caribdis, donde escapa milagrosamente al asirse a una higuera hasta que el mar devuelve los maderos. Tras diez días a la deriva, llega finalmente a la isla de Calipso.

Odiseo y las sirenas
Odiseo y las sirenas.

Canto XIII: los feacios despiden a Odiseo y llegada a Ítaca

Tras concluir su largo relato, el rey Alcínoo y los nobles feacios, conmovidos, deciden entregar a Odiseo abundantes regalos adicionales, incluyendo trípodes y calderos de bronce. Al día siguiente, tras realizar libaciones y un banquete, Odiseo se despide con gratitud de los reyes y parte finalmente hacia su patria en una veloz nave feacia.

Durante el viaje, Odiseo cae en un sueño profundo y suavísimo, muy parecido a la muerte, que le permite olvidar todos sus pesares. Mientras duerme, los hábiles marineros feacios llegan al puerto de Forcis en Ítaca. Allí desembarcan al héroe aún dormido, depositándolo sobre la arena junto con todas sus riquezas (oro, bronce y telas) bajo un olivo, y regresan a su tierra.

Sin embargo, el dios Poseidón, indignado porque el héroe regresó con más tesoros de los que traía de Troya, obtiene el permiso de Zeus para vengarse de los feacios. Justo cuando la nave está llegando a su puerto en Esqueria, Poseidón la golpea con la mano y la convierte en una roca enraizada en el fondo del mar ante el asombro de su pueblo. El rey Alcínoo, recordando una vieja profecía, ordena sacrificar doce toros para aplacar al dios y evitar que este oculte su ciudad bajo una gran montaña.

Mientras tanto, Odiseo despierta en Ítaca, pero no reconoce su propia tierra porque la diosa Atenea ha derramado una densa niebla sobre el paisaje para que nadie lo reconozca antes de ejecutar su venganza. Atenea se le aparece disfrazada de un joven pastor y, aunque Odiseo intenta engañarla con una historia falsa sobre ser un fugitivo de Creta, la diosa se revela sonriendo y alaba su astucia y mañas.

Juntos, esconden los tesoros feacios en una cueva sagrada y planean la muerte de los pretendientes. Para proteger su identidad, Atenea toca a Odiseo con su varita y lo transforma en un anciano mendigo de piel arrugada, ojos legañosos y ropas andrajosas. Finalmente, la diosa parte hacia Esparta para traer de vuelta a Telémaco, mientras Odiseo se encamina hacia la cabaña de su fiel porquerizo.

Odiseo transformado en mendigo
Odiseo transformado en mendigo.

Canto XIV: Odiseo en la cabaña de Eumeo

Odiseo, disfrazado de mendigo por la diosa Atenea, camina por un sendero empinado hacia la majada de su fiel porquerizo, Eumeo. Al llegar, los perros de la finca lo atacan ferozmente, pero Eumeo interviene rápidamente para ahuyentarlos y salvar al forastero. El porquerizo demuestra fielmente la ley de la hospitalidad al invitar al mendigo a su cabaña para que se sacie de comida y bebida antes de pedirle que cuente su historia.

Durante la cena, Eumeo expresa con profunda tristeza su lealtad hacia Odiseo, lamentando su larga ausencia y quejándose amargamente de la insolencia de los pretendientes, quienes devoran los mejores animales del rebaño sin respeto alguno. Para poner a prueba la fidelidad de su siervo sin revelar su identidad, Odiseo inventa una extensa historia falsa, afirmando ser un guerrero de Creta que sufrió grandes desgracias en Egipto y otros países.

Odiseo, bajo su disfraz, le jura solemnemente a Eumeo que su señor regresará a Ítaca antes de que termine el mes para castigar a quienes deshonran su hogar. Sin embargo, el porquerizo se muestra incrédulo, pues explica que ya ha sido engañado anteriormente por otros vagabundos que contaban mentiras sobre Odiseo solo para obtener ropa y comida.

Al caer una noche fría y lluviosa, Odiseo relata un astuto cuento sobre una emboscada en Troya para probar si el porquerizo es generoso; Eumeo, conmovido, le entrega su propia capa gruesa de repuesto para que descanse abrigado. Finalmente, mientras Odiseo duerme dentro de la cabaña, Eumeo se arma y sale a dormir a la intemperie junto a los cerdos para custodiarlos, un gesto de devoción que alegra el corazón de su amo oculto.

Odiseo y el porquerizo
Odiseo y el porquerizo.

Canto XV: Telémaco regresa a Ítaca

La diosa Atenea se dirige a la amplia Lacedemonia (Esparta) para instar a Telémaco a regresar a su patria. Lo encuentra insomne por la preocupación hacia su padre y le advierte que debe apresurarse, pues su familia presiona a Penélope para que se case con Eurímaco. Además, la diosa le revela el plan de los pretendientes de asesinarlo en una emboscada en el estrecho entre Ítaca y Samos, dándole instrucciones precisas para navegar de noche y desembarcar en un punto apartado de la costa.

Antes de partir, el rey Menelao le entrega valiosos regalos, incluyendo una crátera de plata trabajada por Hefesto, mientras que la reina Helena le obsequia un hermoso peplo bordado para su futura esposa. En el momento de la partida, aparece un presagio: un águila que lleva en sus garras una oca doméstica. Helena interpreta esto como una señal de que Odiseo regresará pronto a su hogar para ejecutar su venganza.

Ya de camino, cerca de Pilos, Telémaco acoge en su nave a Teoclímeno, un adivino que huye de Argos tras haber cometido un homicidio. Mientras navegan hacia Ítaca, la historia se traslada a la cabaña del porquerizo Eumeo, donde Odiseo pone a prueba su lealtad una vez más. Allí, Eumeo relata su propia e impactante historia: era el hijo de un rey en una isla lejana, pero fue raptado por unos comerciantes fenicios con la ayuda de una sirvienta traidora y vendido posteriormente como esclavo a Laertes.

Finalmente, Telémaco logra burlar la emboscada y llega a las costas de Ítaca al amanecer. Un segundo presagio, un halcón que despluma a una paloma, es interpretado por Teoclímeno como una confirmación de que el linaje de Odiseo seguirá siendo el más poderoso de la isla. Siguiendo el consejo de Atenea, Telémaco envía a sus compañeros a la ciudad y se dirige solo hacia la cabaña del fiel porquerizo para reencontrarse con él.

Telémaco, Helena y Melenao
Telémaco, Helena y Melenao.

Canto XVI: reconocimiento de Odiseo por Telémaco

Telémaco llega a la majada de Eumeo, donde el porquerizo lo recibe con la misma emoción y afecto que un padre a un hijo único que regresa de una tierra lejana tras diez años de ausencia. El joven príncipe pregunta enseguida por su madre y Eumeo le asegura que Penélope permanece en el palacio, soportando con valor y tristeza la espera, mientras sus noches y días pasan entre llantos.

Telémaco explica que no puede hospedar todavía al «forastero» (Odiseo disfrazado) en su propia casa debido a su juventud y a la violencia e insolencia de los pretendientes, por lo que pide a Eumeo que lo mantenga en la majada por el momento.

Siguiendo las instrucciones de su señor, Eumeo parte hacia la ciudad para informar a Penélope, en secreto y sin que se enteren los otros aqueos, que su hijo ha regresado sano y salvo de Pilos. Una vez que el porquerizo se marcha, la diosa Atenea se aparece a Odiseo y le ordena revelar su verdadera identidad a su hijo para que puedan tramar juntos la muerte y el destino funesto de los pretendientes. Atenea toca a Odiseo con su varita de oro, devolviéndole su aspecto majestuoso, revistiéndolo de juventud y haciendo que su barba ennegrezca de nuevo.

Tras un momento inicial de asombro y temor en el que Telémaco cree estar ante un dios, Odiseo le asegura que es su padre; en ese instante, ambos se abrazan y rompen en un llanto profundo y sonoro que solo se detiene cuando comienzan a planear su venganza. Odiseo indaga sobre el número de enemigos y Telémaco le informa que los pretendientes son más de cien hombres fuertes provenientes de diversas islas y de la propia Ítaca.

El héroe traza entonces el plan de ataque: Telémaco debe regresar al palacio y mezclarse con los pretendientes, mientras Odiseo lo seguirá más tarde conducido por el porquerizo y disfrazado de mendigo miserable. Odiseo instruye a su hijo para que, ante una señal, retire todas las armas de guerra del salón y las guarde en una estancia alta, dejando solo dos juegos para ellos. Asimismo, Odiseo insiste en que nadie debe saber de su regreso, ni siquiera Laertes o Penélope, para poder poner a prueba la lealtad de los siervos y las mujeres de la casa.

Mientras tanto, en la ciudad, los pretendientes regresan de su emboscada fallida y Antínoo propone asesinar a Telémaco de inmediato, aunque el pretendiente Anfínomo aconseja prudencia y consultar primero la voluntad de los dioses.

Penélope, enterada de la intriga por el heraldo Medonte, recrimina duramente a Antínoo por su crueldad, pero Eurímaco la engaña con falsas promesas de protección para su hijo. El canto termina cuando Eumeo regresa a la cabaña y Atenea, para proteger el secreto, vuelve a transformar a Odiseo en un anciano mendigo antes de que el porquerizo pueda reconocerlo.

Reencuentro de Odiseo y Telémaco
Reencuentro de Odiseo y Telémaco.

Canto XVII: Telémaco regresa a la ciudad y Odiseo llega a su palacio

Al amanecer, Telémaco se calza sus sandalias, toma su lanza y parte hacia la ciudad para ver a su madre, Penélope, indicándole al porquerizo Eumeo que lleve al «forastero» más tarde para que pueda mendigar. Al llegar al palacio, es recibido con alegría por la nodriza Euriclea y por su madre, quien le pide noticias de su padre.

Telémaco le relata lo que supo en Pilos y Esparta, mencionando que Menelao vio a Odiseo retenido en la isla de Calipso. En ese momento, el adivino Teoclímeno interviene y jura solemnemente que Odiseo ya se encuentra en Ítaca, planeando la ruina de los pretendientes.

Mientras tanto, Odiseo y Eumeo se dirigen a la ciudad. En el camino, junto a una fuente, se encuentran con Melantio, el cabrero desleal, quien insulta groseramente a Odiseo y llega a darle una patada en la cadera. El héroe soporta el golpe con valor y paciencia, conteniendo su impulso de castigar al siervo traidor en ese momento.

El encuentro con el perro Argos

Al llegar a las puertas del palacio, Odiseo ve a su viejo perro, Argos, tirado sobre un montón de estiércol, descuidado y lleno de garrapatas. A pesar de su estado y de que han pasado veinte años, el fiel animal reconoce a su amo; mueve la cola y baja las orejas, pero ya no tiene fuerzas para acercarse. Odiseo, conmovido, se enjuga una lágrima en secreto. Justo después de ver de nuevo a su señor, Argos muere, habiendo cumplido su última espera.

Odiseo mendigo en su propia mesa

Odiseo entra en la gran sala con aspecto de mendigo y comienza a pedir limosna a los pretendientes. La mayoría le entrega algo de pan y carne por compasión, pero Antínoo lo recibe con extrema hostilidad e insultos. Cuando Odiseo le reprocha su falta de generosidad, Antínoo, enfurecido, le arroja un escabel que golpea el hombro derecho del héroe. Odiseo se mantiene firme como una roca y se retira al umbral, maldiciendo al soberbio pretendiente ante los presentes.

Penélope, al enterarse de que un extranjero ha sido maltratado en su casa, se indigna y llama a Eumeo para que traiga al mendigo ante ella, con la esperanza de preguntarle si tiene noticias de Odiseo. Sin embargo, Odiseo envía un mensaje a la reina pidiéndole que esperen hasta el anochecer para hablar a solas junto al fuego, evitando así la violencia de los pretendientes. El canto termina con Eumeo regresando con sus cerdos tras advertir a Telémaco que se mantenga alerta.

Odiseo y su perro Argos
Odiseo y su perro Argos.

Canto XVIII: La pelea de los mendigos e insultos en palacio

La tensión en el palacio aumenta con la llegada de un mendigo local llamado Arneo, apodado Iro, quien solía pedir limosna en Ítaca y era conocido por su insaciable apetito. Al ver a Odiseo instalado en el portal, Iro intenta expulsarlo con insultos y lo desafía a una pelea, pensando que el anciano forastero es un rival débil. Odiseo responde con calma, afirmando que hay sitio para ambos, pero la furia de Iro persiste.

El duelo entre Odiseo e Iro

Los pretendientes, liderados por Antínoo, ven en la disputa una fuente de diversión y organizan un combate de boxeo, ofreciendo como premio tripas de cabra rellenas de grasa y sangre. Odiseo hace jurar a los presentes que nadie intervendrá a traición en favor de Iro. Al prepararse para luchar, Atenea fortalece los miembros de Odiseo, revelando una musculatura que aterroriza a Iro.

Antínoo amenaza al mendigo local con enviarlo al cruel rey Equeto si pierde el combate. Finalmente, Odiseo decide no matarlo para no levantar sospechas, pero de un solo golpe le parte la mandíbula, dejándolo ensangrentado ante las risas de los pretendientes.

Advertencia a Anfínomo y aparición de Penélope

Tras la pelea, Odiseo intenta salvar al pretendiente Anfínomo, advirtiéndole en secreto que el regreso del rey es inminente y que debería abandonar el palacio para evitar la matanza. Sin embargo, Anfínomo, aunque apenado, permanece allí porque Atenea ya ha destinado que muera a manos de Telémaco.

La diosa Atenea inspira entonces a Penélope para que se muestre ante los pretendientes. Mientras la reina duerme un breve momento, la diosa realza su belleza divinamente. Cuando Penélope baja al salón, los pretendientes quedan asombrados por su resplandor.

Ella recrimina a Telémaco por permitir que el extranjero fuera maltratado y se queja de la conducta de los pretendientes, quienes en lugar de traer regalos como manda la tradición, devoran la hacienda ajena. Ante este reproche, los pretendientes entregan valiosos obsequios: peplos bordados, collares de oro y pendientes de perlas.

Nuevos conflictos en la sala

Al caer la noche, la esclava desleal Melanto vuelve a insultar a Odiseo, quien la amenaza con informar a Telémaco de sus palabras. Posteriormente, Eurímaco se burla de la calvicie de Odiseo y lo desprecia ofreciéndole un trabajo de bracero solo para humillarlo.

Odiseo responde con altivez, afirmando que podría superarlo tanto en el trabajo del campo como en la batalla. Enfurecido, Eurímaco le arroja un escabel, pero Odiseo se agacha y el objeto golpea a un copero. El canto termina cuando Telémaco y Anfínomo logran que los pretendientes se retiren a dormir a sus casas.

La pelea de mendigos
La pelea de mendigos.

Canto XIX: la entrevista de Odiseo con Penélope y el reconocimiento de Euriclea

Odiseo se queda solo en la gran sala planeando la matanza con la ayuda de Atenea. Siguiendo el plan acordado, le ordena a Telémaco retirar todas las armas de guerra y guardarlas en el piso alto, dándole una excusa falsa para los pretendientes: que el humo las estropea y para evitar que, bajo los efectos del vino, se hieran unos a otros. Mientras trasladan las armas, Atenea los asiste proyectando una luz divina con una lámpara de oro, lo que deja a Telémaco asombrado.

El diálogo entre el mendigo y Penélope

Tras la partida de Telémaco a su habitación, Penélope baja de sus estancias. La esclava Melanto vuelve a insultar a Odiseo, pero el héroe la reprende advirtiéndole sobre el posible regreso de su señor. Penélope interroga al «mendigo» sobre su origen. Odiseo intenta evitar hablar de su pasado para no renovar sus penas, pero ella le confiesa su propia angustia: cómo ha engañado a los pretendientes durante tres años tejiendo y destejiendo el sudario de Laertes, hasta que fue descubierta por culpa de las esclavas.

Odiseo inventa entonces una historia: dice ser un noble de Creta llamado Etón que hospedó a Odiseo en Cnosos cuando este se dirigía a Troya. Para probar su veracidad, Penélope le pide detalles sobre la ropa de su esposo. Odiseo describe con precisión un manto purpúreo con un broche de oro que representaba a un perro sujetando a un cervatillo, un detalle que hace que Penélope rompa en llanto al reconocerlo. El «mendigo» le asegura con un juramento que Odiseo está vivo y que regresará ese mismo año.

La señal de la cicatriz

Penélope, conmovida, ordena a la anciana Euriclea que lave los pies del forastero. Euriclea nota de inmediato el asombroso parecido del mendigo con su antiguo señor. Al lavarlo, reconoce una cicatriz en su pierna, causada por el colmillo de un jabalí durante una cacería en el Parnaso cuando Odiseo era joven. En su emoción, Euriclea deja caer el pie en la jofaina, pero Odiseo la agarra del cuello y le ordena guardar silencio para no arruinar su plan. Atenea distrae a Penélope para que no se percate del reconocimiento.

El certamen del arco

Penélope le confía al mendigo un sueño premonitorio: un águila mataba a sus veinte gansos. Odiseo interpreta el sueño como la muerte inminente de los pretendientes. Finalmente, la reina anuncia que al día siguiente celebrará un certamen: se casará con aquel que sea capaz de tensar el arco de Odiseo y disparar una flecha a través de doce hachas alineadas. Odiseo la anima a convocar el reto, asegurándole que el verdadero dueño del arco llegará antes de que los pretendientes logren armarlo.

El reconocimiento de Euriclea
El reconocimiento de Euriclea.

Canto XX: los presagios antes de la matanza

Odiseo se dispone a dormir en el atrio sobre una piel de buey, pero la rabia le impide conciliar el sueño al ver a las esclavas desleales dirigirse a las habitaciones de los pretendientes. Su corazón late con furia, pero se obliga a sí mismo a la paciencia, recordándose cómo soportó la brutalidad del Cíclope hasta que su astucia lo salvó. Atenea se le aparece, le infunde ánimos asegurándole que bajo su protección podría vencer incluso a cincuenta pelotones de hombres, y finalmente le permite dormir.

Mientras tanto, Penélope despierta y rompe en llanto, rogando a la diosa Artemisa que le quite la vida antes que verse obligada a casarse con un hombre inferior y traicionar la memoria de Odiseo. Odiseo escucha sus lamentos al despertar y ruega a Zeus que le envíe dos señales: un presagio de alguien dentro de la casa y un trueno en el cielo. Zeus responde de inmediato con un trueno en un cielo despejado, el cual es interpretado por una débil servidora que molía grano como una señal de la inminente destrucción de los pretendientes.

Nuevos encuentros y tensiones en el palacio

Al amanecer, Telémaco se prepara para el día y Euriclea ordena a las esclavas limpiar la sala para el festín, ya que es día de fiesta en honor a Apolo. En este contexto, Odiseo conoce a Filetio, el capataz de los vaqueros, quien demuestra ser tan leal como Eumeo. Filetio se conmueve al ver al mendigo, recordando a su amo ausente, y Odiseo le jura solemnemente que el rey regresará pronto para castigar a los intrusos.

Los pretendientes, que planeaban nuevamente matar a Telémaco, desisten al ver aparecer un águila con una paloma entre sus garras a la izquierda, lo cual Anfínomo interpreta como un mal presagio para su intriga. Ya en el banquete, Atenea permite que continúen las burlas para avivar el rencor de Odiseo. El pretendiente Ctesipo, en un acto de extrema insolencia, le arroja una pezuña de buey a Odiseo, quien la esquiva con una sonrisa sardónica mientras Telémaco lo reprende con dureza.

La visión profética de Teoclímeno

En un momento de extraña agitación, Atenea infunde en los pretendientes una risa irrestañable y les perturba la mente, de modo que ríen mientras comen carnes ensangrentadas y sus ojos se llenan de lágrimas. El adivino Teoclímeno tiene entonces una visión aterradora: ve los muros bañados en sangre y el atrio lleno de fantasmas que se precipitan hacia el Hades.

Ante sus advertencias, los pretendientes se burlan de él llamándolo loco, a lo que Teoclímeno responde abandonando el palacio tras profetizar que ninguno de ellos escapará de la perdición. El canto termina con los pretendientes mofándose de Telémaco y sus huéspedes, ignorando que el castigo final está a las puertas.

La visión de Teoclímeno
La visión de Teoclímeno.

Canto XXI: el certamen del arco

Inspirada por Atenea, Penélope sube a la cámara del tesoro para recoger el arco flexible y la aljaba de Odiseo. El arco fue un regalo de Ífito Eurítida, a quien Odiseo conoció en Mesenia y quien más tarde fue asesinado por Heracles. Penélope presenta el arco ante los pretendientes y propone el desafío: se casará con aquel que sea capaz de tensar el arco con sus manos y lanzar una flecha a través de doce hachas alineadas.

Al ver el arma de su señor, el porquerizo Eumeo y el boyero Filetio rompen a llorar, lo que provoca la burla de Antínoo. Telémaco instala las hachas en un surco recto y, tras tres intentos fallidos de tensar el arco, está a punto de lograrlo al cuarto, pero se detiene ante una seña secreta de su padre. Varios pretendientes intentan la prueba sin éxito, incluso después de calentar el arco con fuego y untarlo con sebo para ablandarlo.

Mientras tanto, Odiseo sale del palacio siguiendo a Eumeo y Filetio. Tras poner a prueba su lealtad, les revela su verdadera identidad mostrándoles la cicatriz en su pierna. Tras un emotivo reconocimiento, Odiseo les ordena preparar el ataque: Eumeo debe entregarle el arco en el salón y Filetio debe cerrar con llave las puertas del patio.

De regreso en la sala, Eurímaco fracasa en tensar el arco, lamentando no tanto la pérdida de la boda como la falta de vigor frente a la fuerza de Odiseo. Antínoo sugiere posponer el certamen hasta el día siguiente por ser fiesta de Apolo. En ese momento, Odiseo pide permiso para probar el arco; aunque los pretendientes se indignan y lo insultan, Penélope y Telémaco insisten en que se le permita participar.

Finalmente, Eumeo entrega el arco a Odiseo a pesar de las amenazas de los presentes. Con la misma facilidad con que un aedo tensa la cuerda de una lira, Odiseo arma el arco y dispara una flecha que atraviesa las doce hachas sin errar ninguna. Tras la señal de un trueno enviado por Zeus, Odiseo anuncia a Telémaco que la prueba ha terminado y el joven príncipe se coloca a su lado, armado y listo para la batalla final.

Odiseo tensa el arco
Odiseo tensa el arco.

Canto XXII: la matanza de los pretendientes

Odiseo se despoja de sus harapos, salta sobre el gran umbral con el arco y la aljaba, y da comienzo a la matanza disparando una flecha certera a la garganta de Antínoo. Los pretendientes, aterrorizados, buscan armas en los muros pero los encuentran vacíos, mientras Odiseo revela su identidad y les recrimina el saqueo de su hacienda, el abuso de sus siervas y el haber pretendido a su esposa estando él vivo. Eurímaco intenta negociar una compensación económica culpando al ya fallecido Antínoo, pero Odiseo rechaza cualquier pacto, afirmando que solo la muerte saldará sus deudas.

Tras la muerte de Eurímaco y Anfínomo, Telémaco corre a la cámara del tesoro para buscar escudos, lanzas y yelmos para armar a su padre, a sí mismo y a los leales servidores Eumeo y Filetio. Sin embargo, el cabrero traidor Melantio logra entrar en la habitación, que Telémaco olvidó cerrar, y entrega doce juegos de armas a los pretendientes, lo que infunde un temor momentáneo en el héroe. Al intentar un segundo viaje, Melantio es capturado por el porquerizo y el boyero, quienes lo atan y cuelgan de una columna por orden de su señor.

La diosa Atenea aparece disfrazada de Méntor para alentar a Odiseo y luego, convertida en golondrina, observa el combate desde el techo. A pesar de los ataques de los pretendientes, Atenea desvía sus lanzas, permitiendo que Odiseo y sus hombres los aniquilen sistemáticamente como buitres sobre una bandada de pájaros. Odiseo solo perdona la vida al aedo Femio y al heraldo Medonte, cuya inocencia es garantizada por Telémaco.

Al concluir la batalla, Odiseo aparece ante la nodriza Euriclea cubierto de sangre como un león. El héroe ordena a las doce esclavas desleales que limpien los cadáveres y la sala con esponjas y agua antes de ser ejecutadas. Finalmente, Melantio es mutilado y muerto, y Odiseo purifica toda la mansión con fuego y azufre antes de recibir el saludo de sus siervas fieles.

La matanza de los pretendientes
La matanza de los pretendientes.

Canto XXIII: Penélope reconoce a Odiseo

La anciana Euriclea sube a las habitaciones superiores riendo de gozo para despertar a Penélope y darle la noticia de que Odiseo ha regresado y ha dado muerte a los soberbios pretendientes. Penélope se muestra incrédula, pensando que la anciana ha enloquecido o que un dios ha realizado la matanza para castigar la insolencia de los hombres, pues está convencida de que su esposo murió lejos de la patria. Incluso cuando Euriclea menciona la cicatriz como prueba evidente, la reina mantiene sus recelos.

Penélope baja al salón y se sienta frente a Odiseo, quien permanece apoyado en una columna y cubierto de harapos. Se produce un largo silencio debido al estupor de la reina, quien a ratos cree reconocerlo y a ratos lo desconoce por su aspecto miserable. Telémaco la reprende duramente llamándola «madre de empedernido corazón», pero ella explica que tiene con su esposo señas secretas que solo ellos dos conocen.

Para evitar que la noticia de la masacre se difunda prematuramente, Odiseo ordena al aedo Femio que toque una melodía festiva, de modo que quienes escuchen desde fuera piensen que se está celebrando una boda. Mientras tanto, Odiseo se baña y la diosa Atenea derrama sobre él una gran belleza, devolviéndole su aspecto majestuoso y juvenil. Al regresar ante su esposa, Odiseo la acusa de tener un corazón de hierro y pide a Euriclea que le prepare una cama para descansar solo.

La prueba definitiva del lecho

Penélope decide poner a prueba a Odiseo y ordena a Euriclea que saque el sólido lecho del dormitorio para prepararlo fuera. Odiseo, enfurecido, revela el secreto que solo ellos compartían: la imposibilidad de mover la cama, ya que él mismo la construyó tallando el armazón a partir del tronco de un olivo vivo, profundamente enraizado en la tierra. Ante esta señal irrefutable, Penélope rompe a llorar y se lanza a sus brazos, pidiendo perdón por su desconfianza necesaria ante tantos engaños.

Para que la pareja pueda disfrutar de su reencuentro, Atenea detiene el curso de la noche y retrasa la llegada de la Aurora. Durante este tiempo, ambos se relatan sus desventuras: Penélope habla del acoso de los pretendientes y Odiseo resume sus viajes, desde el cíclope hasta los feacios. Finalmente, Odiseo le informa que aún debe cumplir la profecía de Tiresias, que le obliga a realizar un último viaje a tierras que no conocen el mar. Al amanecer, Odiseo se arma y parte hacia el campo para visitar a su anciano padre, Laertes.

Penélope reconoce a Odiseo
Penélope reconoce a Odiseo.

Canto XXIV: el pacto de paz final

El canto final comienza con el dios Hermes conduciendo las almas de los pretendientes muertos hacia el Hades. Las almas avanzan emitiendo chillidos agudos, comparados con el revoloteo de murciélagos en una cueva. Al llegar al prado de los asfódelos, se encuentran con las sombras de héroes como Aquiles y Agamenón. Agamenón, tras escuchar el relato del pretendiente Anfimedonte sobre la matanza, alaba la inmensa virtud y fidelidad de Penélope, contrastándola con la traición de su propia esposa, Clitemnestra.

El reencuentro con Laertes

Mientras tanto, Odiseo se dirige al campo para visitar a su anciano padre, Laertes, a quien encuentra solo, trabajando la tierra y vestido con ropas miserables y remendadas. Antes de revelarse, Odiseo decide ponerlo a prueba inventando una historia falsa sobre haber sido el anfitrión de su hijo años atrás. Al ver a su padre sumido en una profunda tristeza y cubriéndose la cabeza con polvo por el dolor, Odiseo se conmueve, lo abraza y le revela su identidad. Para convencerlo, le muestra la cicatriz de su pierna y le describe con precisión los árboles frutales que Laertes le regaló cuando era niño.

Padre e hijo regresan a la casa de campo, donde Atenea rejuvenece y fortalece a Laertes, dándole un aspecto majestuoso. Allí se reúnen con Telémaco y el fiel siervo Dolio para compartir una comida de celebración.

La última batalla y la intervención divina

La noticia de la matanza se difunde por la ciudad, y los familiares de los pretendientes, liderados por Eupites (padre de Antínoo), se arman para buscar venganza. A pesar de las advertencias del adivino Haliterses, quien afirma que los pretendientes murieron por su propia maldad, una multitud marcha hacia la finca de Laertes.

En el Olimpo, Zeus acuerda con Atenea que Odiseo debe seguir reinando y que se debe imponer el olvido sobre la matanza para restaurar la paz. En la tierra, el combate comienza: Laertes, impulsado por Atenea, lanza su lanza y mata a Eupites. Cuando Odiseo y Telémaco se disponen a aniquilar al resto de los atacantes, Atenea interviene con un grito aterrador que detiene la lucha y hace huir a los enemigos. Finalmente, bajo la vigilancia de la diosa, se establecen juramentos de paz permanentes entre Odiseo y su pueblo.

Odiseo se reencuentra con su padre
Odiseo se reencuentra con su padre.
Referencias
  • Homero. (2021). Odisea (C. García Gual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada ca. siglo VIII a. C.).
¿Cómo citar este artículo?

R. Fernández, J. La «Odisea» explicada: resumen sencillo y completo de la obra de Homero. (2026, 27 de enero). MuchaHistoria. https://muchahistoria.com/la-odisea/ | Última actualización: 2026, 27 de enero.

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