República romana

Cuando los desvaríos y el hedonismo enfermizo de Sexto Tarquinio desencadenaron la caída de su padre, Tarquinio el Soberbio, en el año 509 a. C., la nobleza romana decidió dar un paso hacia adelante, abandonado la monarquía en favor de la república como sistema de gobierno predilecto (nacía, pues, la República romana).

Esta decisión, quizás, un tanto repentina y apresurada, convertiría a Roma, en poco menos de cinco siglos, en una de las ciudades más poderosas de la Edad Antigua. Su final, en el año 27 a. C., lejos de significar la caída de Roma, marcó el nacimiento del más grande e influyente imperio de la antigüedad.

Fecha y duración de la República romana

La República romana, el segundo periodo de la historia de la antigua Roma, se extendió desde el año 509 a. C., con la caída de la Monarquía romana, hasta el año 27 a. C., fecha en la que daría inicio el Imperio romano.

Ubicación geográfica de la República romana

Tras el final de la cuarta guerra civil romana y la anexión de Egipto como provincia, la República romana alcanzaría su máxima expansión territorial, extendiéndose desde Hispania (península ibérica) hasta Siria (Oriente Próximo), pasando por las Galias, la península itálica, Grecia y casi todo el norte de África, incluido Egipto y la antigua ciudad de Cartago.

Mapa de la República romana
Extensión de la República romana en el año 44 a. C. Imagen de Wikipedia.

Origen, antecedentes y causas de la República romana

La caída de Tarquinio y el nacimiento de la República

Después de que el Senado romano expulsase al último rey de la antigua Monarquía romana, Tarquinio el Soberbio, en el año 509 a. C., este respondería aliándose con el rey etrusco de la ciudad de Clusium, Lars Porsenna, y devolviendo un poderoso ataque combinado a sus detractores en Roma (Lucio Junio Bruto y los nobles que este dirigía), quienes habían proclamado recientemente el nacimiento de la República romana.

La guerra entre Roma y Clusium

A medida que el conflicto entre Roma y Clusium escalaba, los deseos de Tarquinio quedaron relegados a un segundo plano, a tal punto que la guerra pasó de ser un reclamo personal del antiguo monarca romano a ser un proyecto personal de expansionismo para Lars Porsenna.

Este último no contaba con la valerosa ayuda que los romanos recibirían de los griegos de Cumas, gracias a los cuales pudieron imponerse en la batalla de Aricia (c. 507506 a. C.).

De la guerra entre Roma y Clusium se habla de dos héroes legendarios:

  • Horacio Cocles: aguantó en solitario el avance de las tropas enemigas sobre el único puente que llevaba a Roma (el puente Sublicio).
  • Mucio Escévola: fue capturado, pero impresionó tanto a Lars Porsenna que acabó negociando la paz.

La democratización de las instituciones de Roma

Finalmente, tras la derrota del rey etrusco los romanos pudieron poner en marcha una serie de reformas que les permitiesen democratizar sus instituciones.

De esta manera, nacería el concepto de república (según los romanos): un sistema de gobierno donde no hay monarcas, sino cónsules, y donde el mandato de estos no es vitalicio ni hereditario, sino que está supeditado a una constitución y a la voluntad de otros magistrados, de manera tal que ningún gobernante pudiese acaparar el poder absoluto.

Pese a estar en disonancia con las características principales de una república, los romanos contemplaban el cargo de dictador (autócrata) en su constitución. No obstante, este cargo solo podía ser ejercido durante seis meses (no prorrogables), y solo para casos de extrema gravedad.

Etapas de la República romana

Primera guerra latina (505493 a. C.)

Tras la creación de la República romana, en el año 509 a. C., y la posterior derrota de Lars Porsenna, tres años después, la estabilidad de Roma sería desafiada una vez más durante los acontecimientos de la primera guerra latina (505493 a. C.).

Cástor y Pólux, los dioscuros, en la batalla del lago Regilo
Cástor y Pólux, los dioscuros, en la batalla del lago Regilo, acontecida durante las guerras latinas. Grabado de John Reinhard Weguelin (año 1880).

A lo largo de doce años, Roma se enfrentaría en contra de sus vecinos (volscos, sabinos y ecuos), consiguiendo derrotarlos, finalmente, en el año 494 a. C, gracias al buen empleo de la caballería y la infantería romana por parte del dictador Manio Valerio Máximo. Tras esta victoria, Roma se erigió como la líder principal de la Liga latina.

La revuelta de los plebeyos (494 a. C.)

Casi a finales de la primera guerra latina, en el año 494 a. C., los plebeyos más adinerados manifestaron su deseo de poder participar en las decisiones políticas de la República a las magistraturas.

Estos reclamos no fueron bien recibidos por los patricios, quienes, tras sentir que su status quo peligraba, decidieron hacer caso omiso de las exigencias de los plebeyos.

Ante la negativa de los patricios, los plebeyos decidieron abandonar Roma y crear su propio Estado, con sus propias magistraturas y dioses (Ceres, Libera y Baco), en un monte cercano a la ciudad.

Esta radical respuesta sembró el pánico en las altas esferas de Roma. Como habría de esperarse, los patricios se vieron obligados a ceder ante las exigencias de los plebeyos, prometiéndoles una participación más amplia en la política de Roma si regresaban a la ciudad.

La revuelta de los plebeyos trajo consigo la creación de la Asamblea de la plebe (Concilium plebis) y de los Tribunos de la plebe. Ambas, magistraturas regidas por la clase plebeya de Roma.

Romanos versus etruscos: las guerras contra Veyes

A lo largo de su existencia, la Liga latina, liderada por Roma, enfrentó de manera intermitente a algunas tribus de la región como los equos, volscos, oscos y umbros, cuyo modus operandi era asaltar los carros que circulasen por la vía Salaria.

Sin embargo, con el pasar de los años estas tribus irían desapareciendo tras asimilar la idiosincrasia romana.

Los etruscos, por su parte, poseían una cultura lo suficientemente sólida como para no sucumbir ante la transculturización romana. Esto, aunado a las tensiones constantes entre ambas culturas, llevó a que romanos y etruscos se enfrentarse en tres cuentas guerras conocidas como las guerras de Veyes, siendo esta última la ciudad más importante de los etruscos.

La primera guerra de Veyes (485474 a. C.) fue un desastre para Roma, dado que una familia patricia (los Fabio) fue exterminada casi por completo.

Batalla contra los habitantes de Veyes y Fidenas
Batalla contra los habitantes de Veyes y Fidenas, obra de Cavalier d’Arpino (entre los años 1598 y 1601).

Por si fuera poco, la ciudad fronteriza de Fidenas pasó a ser controlada por los etruscos, permaneciendo bajo su control por poco más de cuatro décadas. Esto último cambiaría tras la derrota de los etruscos a manos de los romanos durante la segunda guerra de Veyes (438425 a. C.).

Dos décadas después, las hostilidades estallarían nuevamente, dando inicio a una tercera guerra de Veyes (406396 a. C.). En esta oportunidad, los romanos volverían a alzarse victoriosos, tras destruir Veyes luego de un intenso asedio de más de una década.

Breno, el líder de los senones: el saqueo de Roma

La destrucción de Veyes, la principal ciudad enemiga de Roma, le permitió a los romanos expandir sus dominios por el Lacio, siendo este, quizás, el primer precedente del futuro expansionismo de la hegemonía romana por la región.

A pesar de ello, los etruscos se mantuvieron reacios ante la idea de aliarse con sus vencedores. No sería hasta el año 390 a. C., tras varias incursiones de diversos pueblos galos, que los etruscos decidieron aliarse con Roma.

Ese mismo año (390 a. C.), Breno, el jefe de la tribu gala de los senones, consiguió saquear Roma tras hacerse con el control de casi toda la ciudad (a excepción de la colina Capitolina).

Según una leyenda, los romanos convencieron a Breno de abandonar la ciudad a cambio de mil libras de oro. Sin embargo, durante el pesaje del botín de guerra, Breno se percató de que los romanos intentaban engañarle, pronunciando, tras ello, la famosa frase «Vae Victis» («¡Ay de los vencidos!»).

La segunda guerra latina (340338 a. C.)

Tras el saqueo de su ciudad a manos de Breno y su ejército, los romanos necesitaron muchos años para recuperarse. De hecho, tal fue el daño causado por los galos que los romanos iniciaron una importante reforma urbanística.

Durante este periodo de tiempo, tuvieron lugar distintas escaramuzas en contra de algunas tribus itálicas, en especial en contra de la ciudad etrusca de Tarquinia.

En el año 353 a. C., las sucesivas escaramuzas entre romanos e itálicos derivaron en el estallido de la primera guerra samnita, en la cual Roma se impuso victoriosa, consiguiendo dominar todo el centro de Italia tras el final de la guerra.

A mediados del siglo IV a. C., la rápida expansión de la hegemonía romana por toda la península itálica despertaría el resentimiento de los aliados latinos de Roma, quienes se alzarían en armas en contra de esta última durante los acontecimientos de la segunda guerra latina (340-338 a. C.).

Nuevamente, Roma se alzaría victoriosa ante el resto de tribus latinas. Sin embargo, en esta oportunidad los romanos desestimarían la idea de aliarse nuevamente con los vencidos. Por el contrario, los romanos optaron por disolver la Liga latina, y hacerse con el control de todo el territorio del Lacio.

Segunda guerra o gran guerra samnita (326304 a. C.)

El creciente resentimiento de los samnios en contra de los romanos derivó en el comienzo de la segunda guerra samnita, la cual se extendería por poco más de veinte años.

Durante este extenso período, Roma sería derrotada en muchas batallas, siendo la más celebre de estas la batalla de las Horcas Caudinas (321 a. C), donde muchos soldados, tras ser acorralados en un desfiladero,  serían tomados como rehenes.

Guerreros samnitas
Friso en el que se representa a varios guerreros samnitas (siglo IV a. C.).

La estrepitosa derrota de los romanos en la batalla de las Horcas Caudinas provocó el abandono de la táctica hoplítica griega en favor de la creación de las legiones romanas y la táctica manipular.

Gracias a ello, y a la creación de la vía Apia, una carretera que conectaba Roma con Capua y otros pueblos de la Campania, los romanos lograron ganar la gran guerra samnita, duplicar su tamaño y obtener una salida al mar Adriático.

Tercera guerra samnita (298290 a. C.)

Seis años después de la derrota sufrida en la gran guerra samnita, samnitas, umbros, etruscos y galos decidieron levantarse en armas en contra de los romanos con la finalidad de recuperar sus territorios.

A pesar del poder que poseía dicha alianza, las legiones romanas lograron imponerse nuevamente como las vencedoras. Tras esto, Roma pudo consolidar su hegemonía en el centro de la península itálica.

Las guerras pírricas (280275 a. C.)

Tras la desaparición del Reino de Etruria en el año 280 a. C., Roma emprendió una nueva campaña militar, esta vez, en contra de los lucanos.

En medio de este conflicto bélico, los barcos que habían enviado los romanos a través del golfo de Tarento (violando con ello un acuerdo pactado previamente entre tarentinos y romanos), serían hundidos por los tarentinos, desatando con ello la ira de Roma y el estallido de una nueva guerra.

Conscientes del gran poder militar de Roma, los tarentinos pidieron a Pirro, el rey de Epiro, que les ayudase a enfrentar a los romanos.

El monarca aceptó la propuesta y, de hecho, ganó varias batallas en esta guerra; sin embargo, la mayoría de ellas a costa de un altísimo número de bajas (de ahí el término victorias pírricas).

Hastiado de tal situación, Pirro intentó negociar con Roma un reparto justo de la península itálica; sin embargo,  muchos senadores romanos, entre ellos Apio Claudio, se negaron rotundamente, por lo que la guerra continuó.

Pirro y sus elefantes
Ilustración de Pirro y sus elefantes (año 1896).

Después de esto, Siracusa y Cartago se unirían a la guerra; la primera en favor de Epiro y la segunda en favor de Roma.

Tras cinco años de conflicto armado, finalmente los romanos lograron derrotar al ejército de Pirro gracias a los consejos de los púnicos, quienes les habían recomendado enviar cerdos (vivos) prendidos en fuego hacia las intimidantes filas de elefantes epirotas.

Esta despiada estrategia fue todo un éxito; de hecho, los propios elefantes griegos fueron los responsables de las tropas epirotas.

La derrota de Epiro en la batalla de Benevento (275 a. C.) permitió a los romanos conquistar Tarento y Brindisi, ambas colonias griegas. Tras esto, Roma continuaría venciendo a sus ciudades vecinas, haciéndose con el control de toda la península itálica hacia el año 270 a. C.

Las guerras púnicas (264201 a. C.)

Gracias a su alianza con Cartago durante la guerra en contra de Pirro, Roma había logrado expandirse prácticamente por toda la península itálica, instaurando así un nuevo status quo en la región.

Esto último cambiaría radicalmente luego de que los mamertinos, un grupo de mercenarios itálicos, desataran la ira de Hierón II de Siracusa tras someter y esclavizar a los ciudadanos de la ciudad de Messana (actual Mesina).

Así, pues, Siracusa se uniría a la batalla junto a Cartago a favor de Messana, mientras que Roma se aliaría con los mamertinos, quizás con la intención de eliminar a su único rival directo en el Mediterráneo: Cartago. De esta manera, darían inicio las guerras púnicas.

Primera guerra púnica (264241 a. C.)

A diferencia del resto de contiendas bélicas en las que Roma había participado, las batallas más importantes de la primera guerra púnica tomaron lugar en el mar.

Esto último representó un gran problema para el ejército romano, dado que tanto su flota como sus generales palidecían ante el enorme poder de la flota cartaginesa y sus míticos generales como Amílcar Barca y Hannón el Grande.

Ante tal adversa situación, la fortuna sonreiría a los romanos luego de que estos se hiciesen con el control de un quinquerreme cartaginés que había quedado encallado. Como habría de esperarse, los romanos estudiaron y, posteriormente, replicaron el barco enemigo para así fortalecer su flota.

Asimismo, los romanos añadieron una poderosa herramienta a sus naves, el Corvus, un puente elevadizo que permitía a su infantería abordar los barcos enemigos. Ahora con una poderosa flota a su disposición, los romanos comenzaron a ganar relevancia en las batallas navales paulatinamente.

Finalmente, tras librar un gran número de batallas tanto marítimas como terrestres, los romanos lograrían vencer a los cartagineses tras derrotar al general Hannón el Grande en la batalla de las Islas Egadas (241 a. C.).

Como resultado, Cartago se vio obligada a pagar una gran indemnización a sus vencedores, en las que se incluía además la entrega de Sicilia, Córcega y Cerdeña a los romanos.

Segunda guerra púnica (218201 a. C.)

En el año 218 a. C., Aníbal Barca, hijo del legendario general cartaginés Amílcar Barca, emprendió una campaña militar en contra de la ciudad griega de Sagunto, un protectorado bajo el amparo de Roma.

Dado que esta incursión representaba una violación del Tratado del Ebro, que tanto cartagineses como romanos habían firmado ocho años antes, los romanos declararon la guerra a Cartago nuevamente.

Para sorpresa de los romanos, Aníbal, que había experimentado la derrota de Cartago cuando apenas era un niño, prescindió del mar y, en su lugar, partió hacia Roma siguiendo una peligrosa ruta terrestre a través de los Alpes, llevando consigo un ejército de 100.000 soldados cartagineses e íberos, 12.000 jinetes y 36 elefantes.

Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes
Aníbal vencedor contempla por primera vez Italia desde los Alpes, pintura al óleo de Francisco de Goya (año 1771).

La osadía de Aníbal cogería por sorpresa a los cónsules romanos; de hecho, muchos de ellos caerían derrotados en batalla (Publio Cornelio Escipión en la batalla del río Tesino, Sempronio Longo en la batalla del Trebia, Cayo Flaminio en la batalla del Lago Trasimeno y Lucio Emilio Paulo en la batalla de Cannas).

Una de estas batallas fue la de Cannas, en la que los romanos sufrirían una derrota tremenda a manos del ejército de Aníbal, perdiendo unos 50.000 soldados aproximadamente.

A pesar de estas grandes victorias, Aníbal fue incapaz de tomar Roma, ya que no llevaba maquinaría de asedio, ni logró que la mayor parte de los pueblos itálicos se unieran a él en su cruzada personal en contra de Roma. Por si fuera poco, no contaba con el beneplácito del Consejo de Ancianos de Cartago.

Hacia el año 203 a. C., Aníbal Barca se vería obligado a volver a Cartago luego de que el procónsul Publio Cornelio Escipión el Africano y Masinisa, el rey de Numidia, atacasen directamente a su ciudad natal.

Así, pues, Aníbal y Escipión el Africano se enfrentarían en la batalla de Zama (202 a. C.), resultando el segundo como el vencedor absoluto. Aníbal, por su parte, se vería obligado a huir de Cartago y a refugiarse en el Imperio seleúcida como consejero del rey Antíoco III el Grande.

Las guerras macedónicas (214148 a. C.)

Primera guerra macedónica (214205 a. C.)

En el año 214 a. C., el rey Filipo V de Macedonia, probablemente bajo la influencia de su consejero Demetrio de Faros, un antiguo estadista ilirio que había escapado del castigo romano, comenzó una guerra con los romanos, quienes para entonces se encontraban luchando en contra del temible general cartaginés Aníbal Barca. De esta manera, daría inicio la primera guerra macedónica (214-205 a. C.).

A pesar de los múltiples frentes en los que se encontraba luchando Roma simultáneamente, el rey Filipo V no representó un verdadero riesgo para los romanos.

Por el contrario, este sería vencido por la vía diplomática luego de que Roma consiguiese aliarse con la Liga griega de Etolia y el recién creado Reino de Pérgamo del rey Átalo I, viéndose obligado a firmar el Tratado de Fénice para poner fin a la guerra en el año 205 a. C.

Segunda guerra macedónica (200197 a. C.)

Cinco años después de la firma del Tratado de Fénice, las tensiones entre Roma y Filipo V comenzarían a acrecentarse nuevamente.

Rostro de Filipo V de Macedonia en una moneda
Rostro de Filipo V de Macedonia en una moneda (siglo II a. C.).

Ante tal situación, Roma respondería declarando la guerra por segunda vez a Filipo V, quien, según los aliados griegos de Roma (Atenas, Etolia, Rodas y Pérgamo) había violado reiteradas veces los acuerdos de paz establecidos en el Tratado de Fénice.

Tras poco menos de tres años de lucha, Filipo V sería retirado y obligado a rendirse en la batalla de Cinoscéfalas (197 a. C.). De esta manera, la segunda guerra macedónica (200197 a. C.) llegaría a su fin.

Tercera guerra macedónica (171168 a. C.)

En el año 179 a. C., el rey Filipo V sería sucedido en el trono de Macedonia por su hijo Perseo. Una vez acostumbrado a la investidura de su cargo, este ordenó echar a los romanos de los territorios macedónicos, causando con ello el estallido de la tercera guerra macedónica en el año 171 a. C.

Al igual que la anterior guerra macedónica, esta concluiría de manera rápida (el cónsul Lucio Emilio Paulo Macedónico fue el encargado de vencer al ejército de Perseo), pero con una diferencia particular: el Imperio macedónico sería anexionado a la República romana en forma de provincia.

Cuarta guerra macedónica (150148 a. C.)

Un par de décadas después del final de la guerra en contra de Perseo, su hijo (o, al menos, eso aseguraba él), Andrisco de Adramytio, comenzó una rebelión en contra de Roma.

Sin embargo, dado que ni siquiera era reconocido por todos los macedonios como el hijo legítimo de Perseo, su rebelión no prosperó. A pesar de ello, este conflicto bélico pasó a la historia como la cuarta y última guerra macedónica (150148 a. C.)

Tercera guerra púnica (151146 a. C.)

Cincuenta años después del final de la segunda guerra púnica, Cartago había renacido como una ciudad esplendorosa de amplia capacidad comercial. La increíble evolución de los cartagineses y su ciudad, lejos de causar admiración, desató la furia del procónsul Marco Porcio Catón el Viejo, quien, tras visitar Cartago, aseguró vehemente: Cartago delenda est (Cartago debe ser destruida).

Las proclamas de Catón el Viejo, y el grupo aristocrático conservador que este dirigía, evolucionarían hasta provocar el estallido de la tercera guerra púnica en el año 151 a. C. (tan solo un año después de que aquel visitase Cartago).

Esta guerra, a diferencia de sus dos predecesoras, culminaría con la destrucción absoluta de Cartago a manos del cónsul Publio Cornelio Escipión Emiliano.

La guerra contra Yugurta (112105 a. C.)

Tras la muerte de Micipsa, rey de Numidia, en el año 118 a. C., sus hijos, Aderbal y Heimpsal, y su sobrino, Yugurta, se convertirían en los herederos legítimos de Numidia. Para sorpresa de los hijos de Micipsa, Yugurta, su primo, conspiraría en contra de ellos para convertirse en el máximo soberano de Numidia.

La avaricia de Yugurta le llevó a asesinar a sus dos primos, Heimpsal y Aderbal, acabando, en el proceso, con los romanos asentados en Cirta y provocando con ello la ira de Roma.

Consciente de su debilidad, Yugurta intentó sobornar a los romanos y conseguir la paz; sin embargo, su estrategia diplomática no funcionó.

En medio de la guerra contra Yugurta, el cónsul Cayo Mario se erigiría como un auténtico héroe de guerra para los romanos, pues su astucia y eficiencia en batalla, en combinación con la de su cuestor Lucio Cornelio Sila, le permitió derrotar a Yugurta, no en el campo de batalla, sino por la vía diplomática.

Las reformas de Cayo Mario (105100 a. C.)

El final de la guerra de Yugurta catapultó la carrera política del cónsul Cayo Mario, quien se llevó toda la gloría de la guerra contra aquel, a pesar de que la conclusión de la misma se debió, en gran medida, al carisma de su cuestor, Sila.

Tal fue la fama de Cayo Mario que este repitió en el cargo de cónsul durante cinco años consecutivos, todo ello mientras peleaba en contra de los pueblos cimbrios y teutones en las guerras cimbrias.

Cayo Mario vence a los cimbrios
Cayo Mario vence a los cimbrios, obra de Francesco Saverio Altamura (año 1863).

Cayo Mario, que para entonces se había convertido en un auténtico experto en el arte de la guerra, decidió combatir la corrupción y debilidad del ejército romano mediante una serie de reformas sistemáticas cuyo enorme poder trascendental cambiaría la historia de Roma para siempre.

Los siguientes son algunas de las reformas más trascendentales de las introducidas por Cayo Mario a finales del siglo II a. C.:

  • El ejército de Roma pasó de ser temporal a ser permanente.
  • El Estado de Roma se comprometió a suministrar el armamento de guerra a sus soldados.
  • Todo soldado, que por razones derivadas de su servicio en el ejército sufriera perdidas, sería recompensando con un estipendio.
  • Los soldados podrían participar del botín de guerra.
  • Luego de 25 años de servicio activo, el soldado recibirá una parcela de tierra en las provincias de Roma como jubilación (si el jubilado era itálico, entonces recibía la ciudadanía romana).
  • Las legiones manipulares se convirtieron en cohortes.
  • Una legión pasó a estar compuesta por 5.200 soldados, que se dividían en 10 cohortes; estas, a su vez, en 6 centurias; y estas, en contubernios de 8 soldados cada una.
  • Los soldados de un contubernio debían compartir la misma tienda de campaña en un campamento.
  • Toda centuria estaba compuesta por 80 soldados, que estaban bajo el mando de un centurión. Este último era acompañado por un optio, un signifer y un tesserarius.
  • Cada cohorte estaba compuesta por 480 soldados, y la primera de todas era la más grande.
  • El centurión que lideraba la cohorte más grande era llamado primus pilus, mientras que el resto de centuriones recibían el nombre de pilus prior.
  • El legado se convirtió en el rango más alto al que podía aspirar un legionario. Él era el máximo líder en toda la legión.
  • Las tropas auxiliares, conformadas por extranjeros en su mayoría, sería comandada por un praefectus cohortis.

La era de Sila (8880 a. C.): consulado y dictadura

El ascenso de Sila: el consulado y las revueltas populares

En el año 88 a. C., Lucio Cornelio Sila Félix, antiguo cuestor de Cayo Mario, conseguiría culminar su cursum honorum tras ser nombrado cónsul junto a Quinto Pompeyo Rufo.

Ese mismo año, Sila tuvo que enfrentarse a una revuelta de las clases populares que había sido promovida por el tribuno de la plebe Publio Sulpicio Rufo y el mismísimo Cayo Mario.

Mitrídates VI ordena la ejecución de 80.000 ciudadanos romanos

A la par que se desarrollaba la revuelta popular en Roma, el rey de Ponto, Mitrídates VI, descendiente de la antigua nobleza persa, concretó la invasión de Bitinia, Paflagonia, Capadocia y el sur de Grecia (ordenando, en el proceso, la muerte de todos los ciudadanos romanos de la región).

En total, 80.000 ciudadanos romanos perecerían bajo las órdenes de Mitrídates VI.

La desobediencia de Sila y la osadía de Cayo Mario

Como habría de esperarse, las acciones de Mitrídates VI no quedarían impunes. Los encargados de luchar en contra de este nuevo enemigo de Roma fueron Sila y su lugarteniente, Lucio Licinio Lúculo.

Sin embargo, para sorpresa de Sila y por influencia de Publio Sulpicio Rufo, el Senado Romano lo relevó de su cargo militar y puso al mando del ejército a Cayo Mario. Lejos de obedecer las órdenes del Senado, Sila mandó a sus tropas marchar consigo hasta Roma, y estas le obedecieron.

La primera guerra mitridática (9085 a. C) y la primera guerra civil romana (88-81 a. C.)

La fidelidad de las tropas de Sila marcó un precedente sin igual en la historia de la República romana, pues era la primera vez que un general usaba la fidelidad de sus tropas para concretar un proyecto personal en contra de la voluntad del Senado.

De esta manera, daría inicio la primera guerra mitridática y la primera guerra civil romana, entre los optimates (Sila) y los populares (Sulpicio Rufo y Cayo Mario).

A pesar de luchar en dos frentes distintos, el ejército liderado por Sila pudo vencer al rey Mitrídates en la batalla del río Ríndaco (85 a. C.). Tras ello, Sila perdonaría la vida a Mitrídates, no sin antes obligarle a ceder el control de la parte occidental de Anatolia a Roma, así como también una importante suma de dinero.

El régimen de Cina y Mario, y el regreso de Sila

Mientras Sila luchaba en contra de Mitrídates VI, el general Lucio Cornelio Cina, apoyado por un ejército compuesto de itálicos, soldados romanos descontentos y esclavos, tomó el control de Roma con la ayuda de Cayo Mario.

Ambos se convertirían en autócratas temibles, pues no solo silenciaron a sus enemigos, los optimates, sino también a partidarios suyos.

El régimen de Cina y Mario terminaría en el año 84 a. C. luego de que el primero muriese por causas naturales y el segundo fuese asesinado por sus propios soldados, quienes, amotinados y reacios ante la idea de viajar a Ponto a luchar en contra de Sila, decidieron asesinarlo.

Así, pues, Sila volvería a una Roma carente de toda oposición política a la par que Marco Licinio Craso, Metelo Pio y un joven Cneo Pompeyo le ayudaban a recuperar el control de Italia y África, mientras Lúculo estaba de procuestor en Ponto, recaudando el dinero necesario para sus campañas militares y políticas.

A pesar de la lealtad y letalidad de su ejército, Sila no lograría el control absoluto de Roma hasta el año 82 a. C., cuando venció a los últimos lideres populares en la batalla de Puerta Colina.

La dictadura de Sila (8280/79 a. C.)

Tras la batalla de Puerta Colina, Roma había quedado sumida en una auténtica crisis social, política y económica.

Retrato de Sila en un denario
Retrato de Sila en un denario que acuñó su nieto Pompeyo Rufo (54 a. C. ).

Ante tal situación, Sila le propuso al interrex Valerio Flaco la idea de otorgar la investidura dictatorial al más capacitado de los hombres de Roma, es decir, él mismo; solo así se podría restaurar el orden gubernamental perdido durante la guerra civil.

La propuesta de Sila evolucionaría hasta convertirse en una realidad en el año 82 a. C., cuando este recibió de los comicios centuriados y el Senado el título de dictador para la promulgación de leyes y para la organización del Estado (dictator legibus scribundis et rei publicae constituendae).

Se trataba de una nueva magistratura (distinta del cargo tradicional de dictador) que gozaba de poderes extraordinarios y cuyas prerrogativas y tiempo de duración eran ilimitadas.

Así, pues, y haciendo uso de sus poderes extraordinarios, Sila creó una nueva constitución mediante la cual duplicó el número de senadores a 600. Asimismo, tomó el control de los tribunales de justicia y limitó la jurisprudencia de los tribunos de la plebe.

Por otra parte, en cuanto a la política externa respecta, en el año 83 a. C. Sila emprendería una nueva campaña militar en contra de Mitrídates VI, dando inicio a la segunda guerra mitridática.

Para sorpresa de Sila, el general Lucio Licinio Murena, quien estaba a cargo del Ponto y era responsable de evitar el rearme del ejército de la ciudad, sería derrotado por Mitrídates. Tras esto, Sila reconoció la derrota y decidió dejar a Mitrídates gobernar en el Ponto.

El inesperado final del dictador: Sila abandona su cargo

Finalmente, luego de tres años de dictadura, Sila acabaría sus reformas y, por decisión propia, decidió desligarse de su cargo y retirarse de la política, muriendo poco después.

Ante tan inesperado panorama político, los populares intentaron tomar el control de las instituciones de Roma. No obstante, los antiguos oficiales de Sila, Quinto Cecilio Metelo Pío, Marco Licinio Craso, Lucio Licinio Lúculo y Cneo Pompeyo, se opondrían al regreso de los populares.

Tercera guerra mitridática (7465 a. C.)

En el año 75 a. C., Mitrídates VI, quien para entonces había concretado una alianza con Tigranes II el Grande, rey de Armenia, decidió levantarse en armas en contra de Roma por tercera vez.

En esta oportunidad, el general Lúculo sería el encargado de hacer frente a los ejércitos de Mitrídates y Tigranes, concretando importantes victorias durante los primeros ocho años de la guerra.

Ante el inminente amotinamiento de las tropas de Licinio Lúculo, el Senado decidió remplazarlo por el entonces imbatible Cneo Pompeyo Magno. Precisamente, sería este quien derrotaría Tigranes II, en el año 65 a. C., y al incansable Mitrídates VI, hacia el año 64 a. C.

En el año 63 a. C., Mitrídates VI, por mucho, uno de los enemigos más formidables y recurrentes de la República romana durante la primera mitad del siglo I, sería asesinado por uno de sus esclavos, sorprendentemente por órdenes del mismo monarca.

La revuelta de Espartaco (7371 a. C.)

Un año después del estallido de la tercera guerra mitridática, Espartaco, un exsoldado tracio que había conseguido escaparse de la escuela de gladiadores de Capua junto con otros guerreros y esclavos, formó un ejercitó con el que intentó huir de Italia en busca de su libertad.

La respuesta de Roma no se hizo esperar, siendo Marco Licinio Craso, Cneo Pompeyo y Terencio Varrón Lúculo (hermano del general Licinio Lúculo) los encargados de detener a Espartaco.

Tras dos años de intensos combates y una férrea e inesperada resistencia por parte del ejército de Espartaco, el general romano Marco Licinio Craso conseguiría vencerlos en la batalla del río Silario (71 a. C.)

La derrota de Espartaco en Apulia daría paso a, quizás, la más cruenta exposición del enorme poderío romano: la crucifixión de decenas de rebeldes capturados a lo largo de la Vía Apia.

El ascenso de Julio César (6044 a. C.)

El Primer Triunvirato (6053 a. C.)

Tras una década llena de éxitos y gloria militar, Pompeyo se propuso como siguiente objetivo obtener el apoyo de las clases populares.

De esta manera, se uniría al temible Licinio Craso, el hombre más rico de Roma en aquel momento, y a Julio César, un antiguo propretor de Hispania Ulterior.

Juntos, Craso, Pompeyo y César, formarían una alianza política conocida como el Primer Triunvirato.

Guerra de las Galias (5851 a. C.)

A diferencia de Craso y Pompeyo, Julio César era un político respetado por sus ideas, mas no uno respetado por su liderazgo o poderío militar; él mismo era consciente de ello.

De esta manera, cuando el periodo consular de César concluyó, este solicitó al Senado ser procónsul de las provincias de la Galia Transalpina, Iliria y la Galia Cisalpina.

Gracias a la influencia de sus aliados del triunvirato, el Senado aprobó el gobierno de César en las provincias de la Galia Transalpina, Iliria y la Galia Cisalpina durante cinco años (un lustro, aproximadamente).

Lejos de conformarse con las provincias concedidas por el Senado, César emprendería una campaña militar para expandir los dominios de Roma por toda la Galia.

Así, pues, durante la guerra de las Galias, César se enfrentaría a un sinnúmero de tribus galas (aquitanos, helvecios, eduos, vénetos, arvernos) y también a algunas tribus germanas.

La caída y ascensión de Ptolomeo XII Auletes (57 a. C.)

En paralelo al conflicto de las Galias, Roma comenzó a experimentar una nueva revuelta social agravada por la expulsión de uno de los aliados comerciales más importantes de la República: el faraón Ptolomeo XII Auletes.

Consciente del peligro que supondría para Roma perder la alianza con Egipto, Ptolomeo ordenó a Aulo Gabinio, procónsul de Siria, y a Marco Antonio, jefe de caballería del primero, que le devolviesen el trono de Egipto cuanto antes; así sucedió.

En el año 55 a. C., los triunviros, César, Craso y Pompeyo, se reunirían para reestructurar y renovar su alianza política por cinco años más. Tras esto, sus poderes se dividirían de la siguiente manera:

  • César: se convertiría en el gobernador de las Galias e Iliria.
  • Pompeyo: sería el gobernador de Hispania, aunque gobernando desde Roma.
  • Craso: en el gobernador de Siria, provincia en la que moriría tras ser derrotado por el Imperio parto de Orodes II en el año 53 a. C.

Vercingétorix: el final de la guerra de las Galias

Para sorpresa de César y de la mayoría de romanos, Vercingétorix, un caudillo de la tribu gala de los avernos, conseguiría concretar aliar algo impensable hasta la fecha: aliar a una importante cantidad de tribus celtas en contra de Roma.

Aunado al factor sorpresa, el gran liderazgo de Vercingétorix provocó el retroceso parcial de las tropas romanas.

Vercingétorix arroja sus armas a los pies de Julio César
Vercingétorix arroja sus armas a los pies de Julio César, pintura al óloe de Lionel Noel Royer (año 1899).

Sin embargo, gracias a la ayuda del general Marco Antonio, César conseguiría acorralar a Vercingétorix en la fortaleza de Alesia (siendo este el lugar donde lo derrotaría tras someterlo a un asfixiante asedio).

Segunda guerra civil romana (4945 a. C.)

Ante el creciente poder político y militar de Julio César como conquistador de las Galias, el Senado votaría una moción para removerlo de su cargo como gobernador de dicha región.

Marco Antonio, por su parte, vetaría dicha moción, no sin antes intentar mediar entre César y el Senado, aunque sin éxito alguno.

Desde la perspectiva del Senado, la osadía de Marco Antonio, digna de un tribuno de la plebe, lo convertía en un cesarista más, y como tal debía ser juzgado.

Por tal motivo, Marco Antonio se vería obligado a huir de Roma, dejando así a Julio César sin protección política alguna. Esta oportunidad seria aprovechada por Pompeyo, quien, tras recibir del Senado poderes extraordinarios, se convertiría en su máximo líder militar.

Cuando las noticias de lo ocurrido en Roma llegaron a oídos de Julio César, este respondería adentrándose en territorio romano junto a sus tropas, tras realizar el mítico cruce del río Rubicón. A partir de entonces, daría inicio la segunda guerra civil romana.

El triste y deshonroso final de Pompeyo Magno (48 a. C.)

Cuando César arribó a Roma junto con su ejército, no encontró resistencia militar alguna, solo al pretor Marco Emilio Lépido como máximo magistrado de la República.

A pesar de ello, César, que conocía el modus operandi de Pompeyo, decidió derrotarlo en su propia estrategia militar, por lo que partiría a Hispania para luchar en contra de tres legados de Pompeyo, y, después, hacia Grecia para enfrentarse al mismísimo Pompeyo en la batalla de Dirraquio (48 a. C.), donde este último obtendría una victoria pírrica.

Tan solo un mes después, César y Pompeyo se enfrentarían por segunda y última vez en la batalla de Farsalia, resultando esta última en una victoria indiscutible para el bando cesarista.

Tras esto, Pompeyo se vio obligado a huir a Egipto, encontrando su muerte allí, a manos del joven Ptolomeo XIII, quien lo asesinaría a traición solo para ganarse el beneplácito de César.

Para el disgusto del Ptolomeo XIII, cuando César arribó a Egipto y se enteró de la muerte de su rival, este no sintió más que indignación y enfado.

Poco tiempo después, César se uniría a Cleopatra en contra de sus hermanos Ptolomeo XII y Arsínoe IV durante la guerra civil egipcia, donde la primera dupla resultaría vencedora. Tras esto, César y Cleopatra se embarcarían en un viaje de placer, dónde la nueva faraona quedaría embarazada.

César dando a Cleopatra el trono de Egipto
César dando a Cleopatra el trono de Egipto, pintura al óleo de Pietro da Cortona (año 1637).

La batalla de Zela (47 a. C.)

En el año 47 a. C., Farnaces II, hijo del legendario Mitrídates VI, tomaría por sorpresa a los romanos tras concretar con éxito la invasión del Ponto.

César, quien se encontraba en su mejor momento como líder político y militar, decidió enfrentarse personalmente a Farnaces II en la batalla de Zela, derrotándolo con una facilidad sin precedentes.

Precisamente, fue durante la batalla de Zela que Julio César pronunció una de sus frases más icónicas: veni, vidi, vici (vine, vi, vencí).

El fin de la segunda guerra civil romana: la batalla de Munda (45 a. C.)

César reanudaría sus enfrentamientos en contra de los pompeyanos en el año 46 a. C., cuando se enfrentó a la dupla de Metelo Escipión y Juba I, rey de Numidia, en Tapso (cerca de la actual Ras Dimas, en Túnez).

Allí el bando cesarista obtendría una victoria decisiva, a la que poco tiempo después se sumaría la victoria obtenida en la batalla de Munda, donde Sexto Pompeyo, líder de la última resistencia de la facción pompeyana, sería vencido.

Las reformas cesarianas: la dictadura de Julio César (4544 a. C.)

Tras coronarse como el vencedor absoluto de la segunda guerra civil romana, Julio César volvería a Roma para ejercer el cargo de dictador.

Desde entonces, César se convertiría en el enemigo principal del status quo de la antigua República romana, en parte debido al gran paquete de reformas que este, en su condición de dictador, pondría en marcha.

Para empezar, la mitad de los magistrados, incluida la atribución de provincias romanas, ya no iban a estar supeditados a los comicios ni a sorteos, sino a la voluntad del César.

Asimismo, los propretores y procónsules solo podían ejercer este cargo por dos años como máximo (quizás, con la intención de evitar que otro magistrado siguiera su versión del cursum honorum).

Por otra parte, el número de senadores aumentaría de 600 a 900 (esto último con la intención de aumentar el porcentaje de cesaristas en el Senado).

Durante los siguientes meses, César continuaría aplicando reformas controvertidas:

  • Los gastos del Estado ahora responderían a la voluntad del César.
  • El antiguo calendario romano sería reemplazado por el nuevo calendario juliano.
  • Una considerable cantidad de obras públicas fueron puestas en marcha.

Sin embargo, ninguna de estas sería tan sorprendente como el perdón que ofreció César a muchos de sus enemigos políticos.

A pesar de ello, el Senado no perdonó a César por las humillaciones causadas, ni mucho menos por sus coqueteos con el antiguo sistema monárquico.

Así, pues, en marzo del año 44 a. C. un grupo de senadores, dentro de los que se encontraba Marco Junio Bruto, el hijastro de César, y Cayo Casio Longino, conspiraron en contra de César, asesinándolo a traición a la salida de una sesión senatorial.

Tercera guerra civil romana (4342 a. C.)

La muerte de César dejó el camino abierto a su antiguo general, Marco Antonio, quien había sido elegido cónsul ese mismo año (44 a. C.).

Sin embargo, y para sorpresa de muchos, Julio César no escogió a Antonio como su sucesor, sino a su sobrino-nieto Cayo Octavio. En un principio, el joven Octavio no intentó oponerse a Marco Antonio; al contrario, se unió a él y a Emilio Lépido, formando así el Segundo Triunvirato.

Los nuevos triunviros, Antonio, Lépido y Octavio (ahora llamado Cayo Julio César Octaviano), utilizaron su poder político para eliminar cualquier potencial disidencia del Senado, desatando tras ello el inicio de la tercera guerra civil romana (4342 a. C.).

Esta nueva guerra civil, a diferencia de sus antecesoras, culminaría en tan solo un año; el enorme poder de los triunviros aplastaría sin piedad a los asesinos de César, Bruto y Casio, y a sus seguidores, en la batalla de Filipos.

Tras la batalla de Filipos, el territorio de Roma fue repartido de la siguiente manera entre los triunviros:

  • Marco Antonio: asumió el control de las provincias de Oriente.
  • Octaviano: se quedó con las provincias occidentales.
  • Lépido: por su parte, asumió el control de las provincias romanas en el norte de África.

Cuarta guerra civil romana (3231 a. C.)

Luego de una década de crecientes tensiones entre Marco Antonio y Octaviano, este último estallaría en cólera luego de leer el testamento de su rival, púes, en dicho documento, Marco Antonio convertía a Cleopatra y sus hijos en sus más grandes herederos. De esta manera, daría inicio la cuarta guerra civil romana.

Sería en la batalla de Accio donde los extriunviros se enfrentarían cara a cara. Marco Antonio, quien contaba con el apoyo de Cleopatra, contemplaría como su flota sería aplastada por la de su enemigo, Octaviano.

Ante tal situación, Cleopatra y Marco Antonio decidieron huir del campo de batalla. Poco tiempo después, conscientes de que no hallarían perdón en Octaviano, Cleopatra y Marco Antonio recurrirían al suicidio como método de escape.

El final de la República romana: el nacimiento de un imperio (27 a. C.)

Tras la batalla de Accio (2 de septiembre del año 31 a. C.) y la muerte del último faraón de la dinastía ptolemaica, Egipto pasaría a convertirse en una provincia más de Roma.

Si bien la República estaba experimentando un momento de tranquilidad y recuperación, los senadores sabían que, en cualquier momento, podría estallar otra guerra civil.

Roma durante la época de la república
Roma durante la época de la república en un grabado de Friedrich Polack (año 1896).

Así, pues, en el año 27 a. C., cuando Octaviano le manifestó al Senado que devolvería sus poderes para retirarse de la política, estos decidieron darle aún más poder, otorgándole el cognomen de Augusto y el título de Princeps.

De esta manera, la República romana llegaría a su fin, no sin antes dar paso a un nuevo sistema de gobierno en Roma. El gran Imperio romano había nacido.

Características de la República romana

Características políticas de la República romana

Magistraturas de la República romana (atribuciones, poderes y requisitos)

Tabla de las magistraturas de la República romana
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ORDINARIOS MAGISTRADOS (ELECTOS) DURACIÓN DEL MANDATO EDAD MÍNIMA ATRIBUCIONES PODERES
Cónsules: 2 1 año 43 años Cursum honorum
Dirigen el Estado y el mando del ejército Imperium  (poder de soberanía); Potestas (poder de representar al pueblo romano)
Convocan las Asambleas populares y el Senado
Juzgan causas de carácter civil y penal
Son magistrados epónimos, es decir, dan nombre al año en el que cumplen su cargo.
Pretores: 2 1 año 40 años Aplicación de la Justicia Imperium, Potestas y Jurisdictio (poder de administrar justicia)
Ediles: 4 1 año 37 años Fiscalización de los mercados; conservación de los edificios y calles; organización de juegos y actividades similares Potestas
Cuestores: 8 1 año 31 años Potestas
Censores: 2
(Elegidos cada 5 años. Solo un procónsul podía ser censor)
18 meses Confección del censo Potestas
Reparto de los ciudadanos para el servicio
Entre los años 318 y 312 a. C., los censores recibieron la competencia de confeccionar la lista de senadores
Supervisión de las costumbres y guardianes de la moral
Control de las finanzas, obras públicas y de las fuentes de ingresos del Estado
Tribunos de la Plebe
(elegidos entre los plebeyos)
1 año Defensa de los derechos de los plebeyos Potestas Tribunicia (potestas sacrosanta); Intercessio (derecho de veto)
EXTRAORDINARIOS Dictador 6 meses
(de iure)
Dirección del Estado bajo una situación crítica (guerras con otros reinos/ciudades o guerras civiles). Imperium y Potestas
(Sus poderes están por encima de los de cualquier magistrado)

Todas y cada una de las antiguas magistraturas de la República romana poseían la potestas, es decir, el derecho a convocar y presidir el Senado, multar, y realizar edictos. Por su parte, los cónsules y pretores, además de la potestas, poseían el imperium, esto es, el poder de mandar al ejército, arrestar y juzgar a personas, y hacer comicios y auspicios fuera de la ciudad.

Organigramas de las instituciones, magistraturas y asambleas de la República romana

Organigrama de las instituciones, magistraturas y asambleas de la República romana

Asambleas populares de la República romana

Tabla de las asambleas populares de la República romana
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COMICIOS CURIADOS
(Comitia curiata)
COMICIOS CENTURIADOS
(Comitia centuriata)
COMICIOS TRIBUNOS
(Comitia tributa)
COMICIOS DE LA PLEBE
(Concilium plebis)
COMPOSICIÓN 30 curias
(10 curias por tribu)
193 centurias
18 de equites y 170 de pedites
(Después el número de centurias aumentó hasta 375)
35 tribus
(4 tribus urbanas y 31 tribus rústicas)
ASISTENTES El curio representa al pueblo romano en la votación Abierto a todos los ciudadanos (patricios y plebeyos) Abierto a todos los ciudadanos (patricios y plebeyos)
PRESIDENTE Con auspicios
Cónsul, pretor
Con auspicios
Cónsul, pretor o dictador
Con auspicios
Cónsul, o pretor
Edil curul
Sin auspicios
Tribuno de la plebe
Edil de la plebe
ESCOGEN Cónsules, pretores y censores Edil curul, tribunos militares, cuestores y magistrados especiales Tribuno de la plebe, edil de la plebe y magistrados especiales
FUNCIONES • Declaraciones de guerra y paz
• Establecimiento de tratados y alianzas
• Concesiones varias al pueblo romano
• Establecimiento de nuevas colonias
• Ordenar condenas de muerte
• Votar leyes a propuesta de los magistrados
• Juzgar delitos que no conllevan pena capital
• Proponer leyes (redactar leyes que debe aprobar el Senado)
LUGAR DE REUNIÓN Campo de Marte Comitium (foro)

Características sociales de la República romana

División de las 193 centurias de la República Romana según su poder económico

Tabla de la división de las 193 centurias de la República Romana según su poder económico
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CLASE PODER ECONÓMICO CENTURIAS DIVISIÓN CUERPO EN EL QUE SIRVEN ARMAMENTO
SUPRACLASEM Los más pudientes de Roma 18 6 antiguas y 12 nuevas Caballería Lanza ligera y escudo redondo
PRIMERA CLASE > de 100 000 sestercios 80 40 seniores y 40 iuniores Infantería pesada Yelmo, escudo redondo, grebas, coraza, lanza y espada
SEGUNDA CLASE > de 75 000 sestercios 20 10 seniores y 10 iuniores Yelmo, escudo oblongo, grebas, lanza y espada
TERCERA CLASE > de 50 000 sestercios 20 10 seniores y 10 iuniores Yelmo, escudo oblongo, lanza y espada
CUARTA CLASE > de 25 000 sestercios 20 10 seniores y 10 iuniores Infantería ligera Escudo oblongo, lanza y jabalina
QUINTA CLASE > de 11 000 sestercios 30 15 seniores y 15 iuniores Honda, piedras y jabalina
INFRACLASEM • Capiti censi no alcanzan los 11 000 sestercios
Proletarii ninguna propiedad
5 2 centurias de artesanos
2 centurias de músicos
1 de proletarii
Ingenieros y Música militar Sin armamento

Clases sociales: patricios, plebeyos, libertos y esclavos

Estas eran las clases sociales que existieron durante la República romana:

  • Patricios: denominación que recibían las familias más antiguas de Roma. Durante los primeros siglos de la República romana, los patricios formaban parte de la aristocracia de la ciudad y, como tales, poseían una serie de privilegios exclusivos. Sin embargo, dicha exclusividad se iría diluyendo con el pasar de los años.
  • Plebeyos nobles: nombre que recibían los plebeyos más ricos de la República romana. A pesar de no formar parte de los patricios, los plebeyos nobles podían igualar a los primeros tanto en fortuna como en influencia y poder político.
  • Plebeyos caballeros: denominación que recibían los plebeyos de fortuna inmediata, es decir, aquellos que obtenían sus ganancias a partir de sus trabajos como comerciantes, agricultores o profesionales.
  • Plebeyos clientes: decil más bajo de la clase social plebeya. Dado que un plebeyo cliente no contaba con recursos propios, este se veía obligado a ponerse al servicio de los patricios o de los plebeyos con mayor fortuna.
  • Libertos: nombre que recibían los esclavos que habían sido liberados por sus dueños. La libertad de los plebeyos no era absoluta, sino que estaba condicionada por un marco jurídico en específico.
  • Eslavos: decil más bajo de la República romana. Los esclavos no eran considerados personas, por lo que estaban desprovistos de cualquier protección jurídica.

Nombres, apellidos y motes (praenomen, nomen, cognomen)

El nombre completo de un romano, en tiempos de la República y el Imperio, estaba compuesto por:

  • Un nombre de pila, el praenomen.
  • Un nombre de familia (el apellido), el nomen.
  • Un mote o apodo, el cognomen.

Así, por ejemplo, el nombre de nacimiento del emperador Augusto, Cayo Octavio, estaba compuesto por:

  • El praenomen Cayo (Gaius).
  • El nomen Octavio (Octavius).

Para este caso en particular, el título Augusto es un cognomen.

Características económicas de la República romana

  • Antes de que la moneda se convirtiese en el medio de intercambio por excelencia en la República romana (hacia mediados del siglo IV a. C.), el ganado se erigía como el medio de intercambio más usado.
  • Tanto la pesca fluvial como la marítima constituían una de las principales actividades económicas del pueblo romano.
  • La posesión de un suelo provincial (es decir, un terreno situado en una provincia romana) no eximía al dueño de pagar el impuesto territorial al Estado romano.
  • A diferencia de las civilizaciones medievales y modernas, Roma no empleaba los metales preciosos como un bien en sí mismo, sino como un medio de cambio. El cobre y el bronce eran uno de los metales más usados.

Características religiosas de la República romana

(Artículo principal: Dioses, religión y mitología romana)

  • La religión romana no poseía una marco doctrinal rígido. Por el contrario, ésta era más bien un conjunto de distintas doctrinas.
  • La religión romana podía ser clasificada en dos cultos distintos:
    • El culto doméstico, relacionado a la familia.
    • El culto público, relacionado al Estado y al rol de los patricios y plebeyos como ciudadanos de Roma.
  • A diferencia de otras religiones de la antigüedad, la romana se distinguía por la tolerancia y adopción de elementos y deidades externas. No en vano los romanos adoptaron dioses del panteón egipcio, del panteón griego y del panteón frigio.
  • La relación entre el hombre y los dioses era entendida por los romanos como una de tipo contractual. En este sentido, el romano entendía el culto a los dioses, estrictamente, como un medio por el cual se podían obtener favores.

Fuentes: 

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